Por Susana Murillo

 

En los últimos días hemos escuchado que personajes famosos, muchos de ellos votados en elecciones “libres” (bueno, cómo si no supiésemos de que se trata eso de la “libertad individual” en tiempos neoliberales, pero de eso hablemos otro día). En diversos países, estos famosos y ricos, debemos agregar, aunque no “ignorantes” pues tienen asesores astutos e informados y tanques de pensamiento de los que esos ricos y famosos sólo son la expresión conocida (tema sobre el que otro día podemos hablar). Decíamos que eso ricos y famosos hacen públicamente caso omiso e incluso se burlan de las cuarentenas por razones que no pueden ser reducidas a un tema de desaprensión, soberbia o estupidez.

A ellos se han agregados algunos intelectuales a la moda que los tanques de pensamiento neoliberales promocionan en espacios populares como diarios de circulación masiva, o notas en TV o radios, que son algunos de los espacios en los que los “intelectuales” construidos como especialistas famosos por  grupos académicos ligados a tanques de pensamiento, difunden deliberadamente en una estrategia mucho más sutil que la de los aparentemente brutales líderes a los que antes hicimos alusión: ellos se presentan como progresistas y hablan en nombre de los derechos individuales, tal es el caso del “filósofo” surcoreano  Byung-Chul Han, muy leído no sólo por académicos serios, sino por el gran público a través de diarios como Clarín. La astucia de la razón de las grandes corporaciones interesadas en liberar las cuarentenas es enorme. Tal liberación parecería favorecer a sus intereses económicos. No obstante también podrían generar otro efecto, si es a sabiendas o no es algo que no podemos afirmar: se trata del exterminio de una masa de población excedentaria para el capitalismo en las actuales condiciones.

En estas breves páginas sólo nos parece importante invitarnos a reflexionar en colectivo acerca de  las condiciones, a menudo  invisibilizadas de las cuarentenas, lo cual implica, como siempre, pensar en que no hay “la cuarentena” entendida como un hecho a-histórico, apolítico u omnitemporal.

Decimos esto, pues cada vez que nos hemos topado con alguna cuarentena en la historia observamos que ella fue utilizada como un medio para evitar que una plaga o peste se desplazase por toda una población, pero lo que nos inquieta es haber observado que tales males suelen desarrollarse luego de alguna guerra o de una situación de profunda alteración de la vida en tanto relación entre seres humanos y no humanos. En todos los casos hemos encontrado que tal alteración no era producto de un mero accidente o mutación casual; o en todo caso, sin pretender universalizar esta afirmación, hemos encontrado que la mutación estaba relacionada con, o era fruto de alguna modificación de las relaciones naturales (entre humanos y no humanos) por obra de algún designio ligado a intereses económicos humanos. En este sentido, solicitamos que no se acuse a este escrito con  habitual descalificación a la que la posmodernidad nos ha acostumbrado: “es un determinista económico”. En todo caso parece menester preguntarse cuáles son las condiciones de posibilidad  que hacen que una bacteria, o en la situación que hoy atravesamos, este virus, una molécula, que ya existía entre nosotros haya mutado de manera tan terrible, sobre esto volveremos. No obstante, antes de ello, aquí hoy sólo traemos algunos datos ligados a esos intereses económicos humanos que históricamente se han opuesto a las cuarentenas.

El aislamiento de personas afectadas de algún mal cuya causa no se conoce es muy antiguo; no obstante el uso sistemático de la cuarentena, así como el origen de su nombre (cuarenta días de aislamiento) parece remontarse al siglo XIV, cuando se desató una epidemia conocida como peste negra o bubónica, que causó un número de muertes difícil de establecer pero que se ha estimado en 25 millones de habitantes en lo que hoy es Europa. Tal plaga parece haber surgido en lo que hoy es el sur de ese continente, en Italia, en Venecia y paulatinamente se fue propagando hacia el centro, este y norte de lo que hoy es Europa, hasta la actual Rusia, Gran Bretaña e Irlanda. Siguiendo el derrotero geográfico de la peste, algunos historiadores sugieren una hipótesis altamente plausible: recordemos que hacia los siglos XIII y XIV el afán de lucro comercial de un capitalismo naciente condujo a algo que se conoció como “Las Cruzadas”; una poco noble actividad de mercaderes que en nombre del sepulcro de Cristo, buscaron las riquezas que atesoraba el mundo árabe, el único que había guardado la mejor de ellas: los escritos de médicos, astrónomos  y filósofos griegos y árabes. Pero bueno, por aquel entonces, estos nobles caballeros que aún no eran europeos, porque no existía eso que llamamos Europa, tras generar una serie de atrocidades en el mundo árabe, volvían a lo que hoy es Europa a través de sus puertos del Sur, especialmente Venecia, en una de cuyas colonias Ragusa (hoy Dubrovnik) parece haberse usado por primera vez de manera organizada por la ciudad la quarantena, palabra que refería a los cuarenta días de espera que se le impusieron  a los barcos  como medida de prevención pues se observó por entonces que alguna relación había entre ellos y la peste   Lo que no habían advertido los bravos caballeros cruzados era que en los barcos, junto a sus riquezas viajaban ratas con las que convivieron y a las que transportaron hacia sus destinos y con ellas a las pulgas que vivían  en y de las ratas, pulgas que portaban  bacterias que al morir los roedores buscaban otra presa viviente. Mucho más tarde se supo esto con precisión.

No obstante, los mercaderes, impidieron a toda costa las quarentenas, pues ellas obstruían el flujo de sus mercancías y con ello el acrecentamiento de sus riquezas. Fue así como Paracelso quien nació en Zurich y vivió entre 1493 y  1541, un alquimista famoso, tal vez lector de los viejos médicos griegos y árabes, así como de Aristóteles, fue uno de los primeros médicos que comenzó a recomendar la quarentena como modos de aislar a la ciudad de algo que provenía del afuera y que no era visible a los ojos pero que él sostenía que estaba ahí y que era menester buscar de modo sistemático. Paracelso, afirmaba la unidad de todo lo existente, que para él, como buen alquimista era un todo viviente; de ahí la necesidad de conocer y respetar ese todo. Paracelso  fue uno de los primeros médicos (algunos lo consideran el padre de la medicina moderna, otros de la toxicología)  que entre otras cosas desechó la idea de que la plaga era un designio o castigo divino (podríamos detenernos en la importancia de este aporte de Paracelso, sabiendo, por ejemplo,  que por entonces  algunos de los bellos cuadros de El Bosco fueron encargados para ser colocados en hospitales de gentes afectadas de sífilis, a fin de proteger a los enfermos  suplicando el perdón divino por sus pecados). Lo cierto es que el buen Paracelso sostuvo que nada había de pecaminoso en la peste, que no era menester castigar por razones morales a quienes la padecían, y que éstos no debían auto-flagelarse. También afirmó algo un tanto enigmático: dado que la realidad era una totalidad viviente en la que todo estaba vinculado, afirmó que los venenos administrados en dosis pequeñas y justas, podían sanar enfermos; a la investigación de esta idea se dedicó apasionadamente. Pero además amonestó a los mercaderes y aconsejó cerrar las puertas de la ciudad a los cargamentos que venían del oriente u otros lares, como resultas de lo cual,  parece que  las pasó  muy mal con los comerciantes de la zona, quienes se indignaron ante la detención de buques o el impedimento de que carros colmados de mercancías de oriente entrasen en las ciudades; ello  lo hizo objeto de ataques  por parte de universitarios aliados a los señores del oro y las piedras preciosas que por entonces comenzaban a llegar con el mismo designio a las tierras de lo que hoy es Nuestra América (que por entonces tampoco se llamaban América[1].

En el siglo XVIII y XIX, el capitalismo sin abandonar  su faz mercantil, ingresaba en la industrial, entonces se agudizó un proceso comenzado varios siglos antes: la expulsión de campesinos a las ciudades  donde los brazos de hombres mujeres y niños pobres, acostumbrados al tiempo que marca la naturaleza, debieron someterse al duro ritmo, marcado por el reloj de péndulo de reciente invención y su cuerpos hacinados, hambreados y sometidos a duras horas de trabajo en condiciones subhumanas en manufacturas primero y en fábricas más tarde[2]. Entonces una vez más las pestes se apoderaron de las poblaciones. Epidemias como la sífilis, el cólera, la peste bubónica o la fiebre amarilla amenazaron con destruir ciudades. Así nació la medicina clínica moderna y la microbiología. El cambio de condiciones de vida en los campos debido a las ambiciones de sus señores trajo también aparejadas epizootias que indujeron a hombres como Pasteur o Koch a salvar a los productores, el primero a los productores de telas, pues los gusanos de seda morían por la epizootia; el segundo pues el carbunclo diezmaba a los animales en los campos de lo que hoy es Alemania. Así nació la microbiología, pero al mismo tiempo se tuvieron indicios más certeros de que en las aguas, en los cuerpos vivos y en los aires viajaban “las miasmas pútridas” invisibles a la vista, tal como había pronosticado Paracelso. Fue entonces cuando Pasteur, tras investigar metódicamente concibió la idea de la llamada “vacuna” (pues se utilizó entre otros con vacas) que dicho de modo muy simplista, implica introducir precisamente el microbio en el cuerpo para prevenir la enfermedad. No podemos afirmar que algo de las viejas teorías de Paracelso estuviese presente en esta idea brillante, pero alguna semejanza hay.  En ese contexto comenzaron a utilizarse las cuarentenas administradas por algunos Estados liberales (tema que hoy en día, de manera paradojal, intelectuales “progresistas” utilizan para difundir una vez más lo malo que es el Estado al limitar libertades individuales al utilizar cuarentenas, haciendo una lectura de un señor llamado Foucault que aquí no nos interesa revisar, pero cuyos análisis sesgados por parte de nombrados pensadores serían tema para otro día).

Y hacia Nuestra América nos vamos ahora. Caminamos hacia el último cuarto de siglo XIX y nos arrimamos a Buenos Aires donde se desarrollaban varias epidemias, entre ellas la de fiebre amarilla, la tos convulsa o coqueluche, el cólera, la sífilis. Por entonces, los señores del país en ciernes (1869) sindicaron como causantes de las pestes a los inmigrantes, que venían siendo expulsados por el hambre del sur y, en menor medida del este, de lo que sí ya era Europa. Los médicos higienistas, muy denigrados por algunos intelectuales en la actualidad, recomendaron al Gobierno crear lazaretos para dejar en cuarentena a barcos que venían de Europa (al modo en que ya habían nacido en la época de Paracelso), el más conocido se instaló en la Isla Martín García. Allí debían detenerse a dos tipos de buques que traían dos tipos de mercancías: unos, provenientes de la poderosa Inglaterra portaban mercancías para su venta a cambio de granos y  carnes (alimentos éstos, que, entre otros menesteres, haría descender el costo de la mano de obra industrial inglesa) Otros traían brazos de niños, mujeres y jóvenes del sur de Europa que venían huyendo de otra peste: el hambre que recorría los campos, ellos buscaban un pedazo de tierra para trabajar. Tierra que la mayoría no encontró pues ya tenía otros dueños: mercaderes que se las habían expropiado a los habitantes originarios mediante dos simples remedios: el winchester y la viruela (contra la cual los pueblos oriundos de estas tierras no tenían anticuerpos). Bien, a poco de declaradas las cuarentenas, los mercaderes ingleses protegidos por la Corona (una especie de antiguo Coronavirus que lleva siglos matando) lograron que las cuarentenas se abriesen a fin de que sus   barcos continuasen el tráfico interrumpido, junto con las ganancias de astutos mercaderes; de nada sirvieron los consejos de médicos higienistas, quienes también tuvieron que dar una ardua lucha para la instalación de cloacas en Buenos Aires, pues algunos de los señores de la tierra y el contrabando sostenían, desde sus bancas en el Congreso, que no estaba probado “científicamente” que Pasteur tuviese razón; eso sí cuando llegó el momento, no vacilaron en gastar los dinerillos públicos en la edificación del Teatro Colón.

Las cuarentenas se diluyeron ante la presión de los mercaderes ingleses y sus socios locales (que huyeron de San Telmo donde vivían y se mudaron a la zona norte). La historia culminó con la creación del Cementerio de la Chacarita (donde fueron llevados los muertos pobres, lejos de la Recoleta donde hasta hoy se siguen alojando a los muertos ricos). El 20 % de la población de Buenos Aires pereció ante la fiebre amarilla.

Ahora bien, con el tiempo se supo, que la epidemia no venía de los cuerpos de los inmigrantes, sino de otro lugar. Ella llegó con los cuerpos y pertrechos de quienes regresaban tras la Guerra de la Triple Alianza sustentada por Inglaterra contra el Paraguay a fin de evitar su incipiente desarrollo industrial, que podría haber competido con algunas de las mercancías de la ruin Albión.   Mercaderes, estancieros y políticos asociados a ellos no vacilaron en aliarse a la potencia europea de modo que Argentina, el Imperio del Brasil y Uruguay enviaron sus tropas a una matanza que se desarrolló entre 1865 y 1870. El resultado fue la muerte de 168.000 brasileños y una deuda de 56.000.000 millones de libras esterlinas a Inglaterra; Argentina tuvo 25.000 muertos y un gasto de 9 millones de libras esterlinas. Uruguay perdió 3.000 seres humanos y contrajo una deuda con la ruin Albión de 248.000 libras esterlinas. Es menester tomar en cuenta que una de las mercancías que Inglaterra también poseía en abundancia era el dinero, una sucia mercancía, hija del mercadeo de cosas y seres humanos, que generaba fuertes intereses y que los potentes capitalistas financieros deseaban también exportar y así lo hicieron merced a esa  guerra de la Triple Infamia que produjo el genocidio del pueblo paraguayo; antes de la guerra el país estaba habitado por 1 millón 300 mil personas, al final sólo quedaban vivas 200.000 entre las cuales sólo 28.000 eran hombres, la mayor parte eran niños, mujeres, ancianos y extranjeros. La atroz matanza gestó múltiples plagas entre la que se cuenta la de fiebre amarilla y el cólera que llegó a Brasil y desde ahí a Buenos Aires, procedente de tropas de Europa occidental, plagas que no obstante fueron atribuidas por la elite porteña, como decíamos más arriba, a los inmigrantes europeos pobres, que nada tuvieron que ver con aquel miserable genocidio.

En 1899 arribó a Rosario y a Formosa otra peste, la más atroz: la antigua peste bubónica, que sólo fue erradicada del mundo en 1959. Esta vez se atribuyó el lugar de origen a la China, según algunos, según otros  a la India (es notable que las pestes siempre parezcan provenir  del Oriente, pero esto merece otra reflexión), y desde ahí habría emigrado  al Paraguay (algo poco comprensible dado que la Guerra de la Triple Infamia había roto todo contacto directo entre ese país y esos dos puntos del globo); en realidad se trataba del tráfico comercial liderado por Inglaterra desde oriente hasta nuestros puertos y desde éstos a los suyos, pero bueno…Otra vez, se dispusieron cuarentenas en puertos con mercancías provenientes de ese país y el aislamiento de Rosario, donde se detectó un foco, pero la peste avanzó, de modo que en apariencia las cuarentenas no habían podido limitar. Un día revisando las memorias del Ministerio del Interior relativas a los años 1913-1914 surgió una pista inesperada: allí constan, para quien desee corroborarlo, las quejas de los médicos higienistas que exigían al Gobierno que hiciese cumplir las normas de higiene y les permitiese revisar los trenes que transportaban granos a través del territorio argentino con destino a la siempre ruin Albión. Los médicos sostenían, según allí consta, que los encargados de las mercancías, los empleados de empresas inglesas como el ferrocarril, prohibían toda revisión o requisa de trenes que transportaban granos. Bien sabían ya los higienistas que Paracelso no se había equivocado, en los granos viajaban como en la Edad Media las ratas que alojan a la pulga que porta a la bacteria tal como vimos más arriba. Los trenes que llevaban los granos desparramaban a las odiosas pulgas por los territorios con la complacencia de los mercaderes de la muerte. Esta vez según algunas versiones murieron 12 millones de personas en todo el mundo, no tenemos datos sobre cuántos perecieron en Argentina, no obstante hasta ya avanzados los años 1960, cuando un niño o niña hacía travesuras un tanto pesadas era frecuente oír decir a nivel popular: “es más malo que la peste bubónica”.

En los días que atravesamos se nos dice otra vez que la enfermedad proviene de China, aunque lo único cierto es que fue allí donde se la declaró.  Silvia Ribeiro una investigadora uruguaya nos invita a pensar siguiendo a Rob Wallace,  un biólogo y amante de la geografía que ha estudiado un siglo de pandemias y  tras seguir sus  trayectorias geográficas afirma que todos los virus infecciosos de las últimas décadas están muy relacionados a la cría industrial de animales. La gripe aviar en Asia, la gripe porcina, también del SARS que nos afligió de manera callada o acallada a comienzos de 2003. En todos los casos se trata de virus que surgen en una situación en que hay animales hacinados. Pueden ser pollos, corderos, cerdos, vacas, peces, pavos en los que se generan cepas diferentes de virus o de bacterias, que se trasladan entre muchos individuos en un espacio reducido. Esto ocurre pues por otra parte los animales son sometidos a aplicaciones regulares de pesticidas en los criaderos A la vez hay venenos y substancias transgénicas en los alimentos que se les da, así como antibióticos y antivirales para prevenir las enfermedades, lo que crea resistencias cada vez más fuertes. Los centros industriales de cría crean una situación patológica de reproducción y mutación de virus y bacterias resistentes que además, están en contacto con seres humanos que los sacan a las ciudades.

Los animales silvestres pueden tener un reservorio de virus, que dentro de su propia especie están controlados, pero al ser trasladados a estos espacios de industrialización y de ahí a las urbes, la virulencia se multiplica pues además muchos de ellos provienen de zonas deforestadas para posibilitar la expansión de la frontera agropecuaria. Entonces, nos dice Ribeiro que son varios factores que se conjugan al tiempo que los animales que salen de sus hábitats naturales. “De modo que todo el sistema de la agricultura industrial tóxica y química también crea otros virus que producen enfermedades. Hay una cantidad de vectores de enfermedades que llegan a sistemas de hacinamiento en las ciudades, sobre todo en las zonas marginales, de gente que ha sido desplazada y no tiene condiciones de vivienda y de higiene adecuadas. Se crea un círculo vicioso de la circulación entre los virus.”(Página 12, 3-4-2020). De manera entonces, que hay algo de lo que no se habla: se trata del sistema alimentario agroindustrial, en toda la cadena que va desde el cultivo, hasta el consumo. Al tiempo que existen modos de desarrollar agricultura y ganadería que no generan tales enfermedades a humanos y no humanos, pero que no se difunden.

A semejanza de los mercaderes medievales Bayer, Monsanto, Singenta, Basf, y Corteva, hoy gestan epidemias y tratan de evitar las cuarentenas a fin de preservar sus intereses, para ello, a semejanza también de los universitarios que atacaban a Paracelso en el Medioevo,  los tanques de pensamiento sostenidos por grandes corporaciones, sostienen a su vez intelectuales y periodistas que con un desdichado cinismo vestido con disfraces de progresismo, nos hablan de las cuarentenas como sinónimo omnihistórico de autoritarismo, Estado policial, fascismo y otros adjetivos, que van además acompañados, para ser acordes a los tiempos que corren, del concepto de “vigilancia tecnológica”, cómo si ella hubiese nacido de la pandemia de coronavirus. El desdichado cinismo del “filósofo”  surcoreano  Byung-Chul Han “descubre” a la big-data y la asocia a través de una increíble muestra  de ¿ignorancia? histórica a lo que denomina “feudalismo digital chino” que nos amenaza y del que debemos preservarnos, entre otras cosas haciendo caso omiso de toda medida de aislamiento. La descripción infernal que hace el ilustre pensador respecto de la China (de la cual sólo podemos confesar nuestra ignorancia supina)   afirma que las medidas de aislamiento se ligan a una vigilancia que rompe con las libertades individuales y amenazan la superioridad histórica del liberalismo de Europa y EEUU. Las cuarentenas provienen en síntesis de la China, según el eminente pensador, de ellas debemos evadirnos. Sus afirmaciones no presentan evidencias fácticas que las sustenten, así como resultan absurdas sus especulaciones basadas en un Foucault de fantasía y en el disparatado concepto de un feudalismo en medio del reino neoliberal capitalista (que él denomina liberal).

Al mismo tiempo, famosos y ricos que gobiernan algunos países se han negado a que en sus territorios se establezcan las cuarentenas, e incluso el Primer Ministro de la ruin Albión contrajo la enfermedad de la que ahora se recupera. ¿Será una idea conspirativa pensar que tal negativa está guiada por aquella idea del buen Paracelso acerca del efecto de los venenos, que Pasteur perfeccionó con el concepto de inmunización? ¿Será un pensamiento conspirativo sospechar que como fieles seguidores de neoliberales como Friedrich Hayek o Ayn Rand creen a pie juntillas en el triunfo de los más aptos, en la superioridad de algunos pueblos sobre otros y que el desplazamiento de la pandemia matará a muchos, pero quienes sobrevivan, los más aptos, estarán inmunizados para el futuro?. ¿Será conspirativo pensar que así solucionarían el problema de las jubilaciones? No lo sabemos, pero bueno sería dialogar en colectivo sobre estos y otros temas.

No pediré disculpas por lo dicho. Las grandes corporaciones transnacionales que impulsan el proyecto neoliberal, están ligados desde hace décadas a tanques de pensamiento que difunden sus conceptos con el fin de manipular emociones en las poblaciones, con el objetivo de conducirlas según sus intereses y para ello subsidian a universitarios y desde ellos a líderes, periodistas y otros personajes que pueden llegar a la población. No nos engañemos, si Byung-Chul Han y tantos otros, hubiesen vivido en los finales de la Edad Media, hubiesen formado parte de los universitarios que condenaban a Paracelso, o los Inquisidores que enviaron a Giordano Bruno a la hoguera y a Galileo a vivir aislado en un cuarto y le quitaron sus anteojos a fin de que no pudiese escribir, o a Calvino y sus amigos protestantes que quemaron en la hoguera en 1553 en Ginebra al español Miguel Servet, descubridor, de la pequeña circulación de la sangre, quien conocía tal vez los trabajos del médico árabe Ibn Al-Nafis (esto no nos consta), quien en el siglo XIII fue el descubridor árabe de la circulación menor de la sangre (no sabemos si sus escritos fueron a Europa en las Cruzadas de las que al principio hablábamos). Pero cuidémonos de los filósofos a la moda, “son más peligrosos que la peste bubónica” como solía decirse hasta no hace muchos años en el viejo Rosario de Santa Fe.

 


Referencias

[1] Puede verse el film Paracelsus filmado en 1943 en Alemania, dirigida por Georg Wilhel,  el film ha sido discutido por razones ligadas al nacionalismo alemán que allí está presente; pero más allá de ello, es un trabajo magnifico que muestra de una manera novelada y heroica el aspecto que hemos mencionado de la peste negra y la acción de Paracelso; filmografía que en sus aspectos formales,  parece preanunciar  por su estética la del gran cineasta sueco, Igmar Bergman, quien dejó rastros de la peste negra en su trabajo sublime El sétimo sello, filmada en 1957.

[2] Leer a Charles Dickens es, en este sentido, muy revelador, sobre todo pues Dickens era un conservador inglés, crítico del liberalismo. Una hermosa y terrible versión de su Oliver Twist fue dirigida en cine por Roman Polanski

 

Bibliografía

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  • Ciudad de Buenos Aires. Censo Municipal de Buenos Aires. 1887. Censo General de Población, Edificación, Comercio e Industrias de la Ciudad de Buenos Aires. Levantado en los días 17 de agosto, 15 y 30 de setiembre de 1887 bajo la dirección del Dr. Antonio J. Crespo. Buenos Aires: Compañía Sudamericana de Editores de Banco.  1889
  • Clarín. Cultura El coronavirus bajo el liberalismo. Byung-Chul Han: vamos hacia un feudalismo digital y el modelo chino podría imponerse. https://www.clarin.com/cultura/byung-chul-vamos-feudalismo-digital-modelo-chino-podria-imponerse_0_QqOkCraxD.html (ingreso 18 de abril de 2020)
  • Cuadernos del Hospital de Clínicas . HISTORIA DE LA MEDICINA. “William Harvey, Ibn Al-Nafis y Miguel Servet descubridores de la circulación sanguínea”. http://www.scielo.org.bo/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1652-67762018000300011&lng=es&nrm=iso (ingreso el 18-4.2020)
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    Página 12. 3 de abril de 2020. Las causas de la Pandemia. No le echen la culpa al murciélago. https://www.pagina12.com.ar/256569-no-le-echen-la-culpa-al-murcielago (ingreso 18 de abril de 2020)
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  • República Argentina Memorias del Ministerio del Interior. Presentada al Honorable Congreso Nacional -1913-1914. Buenos Aires, Imprenta, Encuadernación y Litografía de Guillermo Kraft.