Las noticias sobre luchas y conflictos en África, Asia, y Latinoamérica no siempre son fáciles de encontrar.  Una huelga general en India no se ve en la prensa corporativa, tampoco el asesinato de un militante de derechos civiles en América Central o las noticias que son de gran interés humanitario para organizaciones multilaterales tales como las agencias de las Naciones Unidas.

Mientras los intereses de la ideología corporativa hacen que los medios de comunicación mundiales se vuelvan cada vez más homogéneos, las noticias sobre el pueblo en todas partes del mundo se desaparecen cada vez más. Existe muy poca información básica, por ejemplo, sobre el hambre y las luchas para alimentar al pueblo. No nos interesan sólo los conflictos y el sufrimiento, estamos igualmente interesados en las luchas populares para enfrentar estos grandes desafíos.

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El 10 de noviembre, el presidente de Bolivia Evo Morales Ayma fue destituido de su cargo. Técnicamente Morales renunció, pero las condiciones de su renuncia fueron establecidas por la oligarquía boliviana. Un equipo de la Organización de Estado Americanos (OEA), institución abiertamente hostil, legitimó el golpe a través de un informe sobre las elecciones que era largo en acusaciones y corto en hechos. Utilizando este informe de la OEA —totalmente apoyado por Estados Unidos— como justificación, la policía se amotinó y luego el ejército (que había permanecido neutral) le dijo a Morales que debía renunciar. No había opción. Los objetivos del golpe son muchos, pero ninguno se centra en la preocupación por la democracia. En cambio, el golpe busca revertir las políticas de nacionalización de Morales, eliminar un polo del “giro hacia la izquierda” en América del Sur, y controlar los recursos naturales bolivianos. Acontecimientos como un golpe de Estado son simplemente eventos de una estructura de largo plazo, una larga lucha entre las fuerzas del imperialismo y las de la descolonización. Mejor dejar que los generales hagan el trabajo sucio, mientras la embajada de EE.UU. permanece inmaculada y mientras finalmente se alcancen los objetivos del capital internacional.


Durante los primeros años de la República Soviética, después de que el pueblo derrocara al zar y a su Imperio, Anatoly V. Lunacharsky escribió un ensayo. Esta gran victoria debía celebrarse, pero —advertía Lunacharsky— los tentáculos de la vieja cultura traspasaron la corriente revolucionaria y continúan tratando de asfixiar el progreso humano. El pueblo debía responder con su nuevo poder, pero también con júbilo, esa energía que da confianza a la gente. Una de las grandes reflexiones de Lunacharsky es que es en el ámbito de la cultura donde los movimientos revolucionarios se tambalean, pues son las rigideces de las antiguas jerarquías culturales las que se resisten al cambio revolucionario. Es importante que lxs revolucionarixs agudicen su comprensión de estas rigideces y aprendan a superarlas, a reírse en el camino hacia un mundo nuevo. En el mundo actual enfrentamos muchos desafíos. ¿Cómo podemos celebrar una “revolución verde” que exacerba la desigualdad y deja intactas las relaciones sociales de producción? ¿Cómo podemos permitir que se boten los alimentos cuando más de 820 millones de personas en el mundo continúan sufriendo de hambre cada día? Lo permitimos porque el sistema dice que solo quienes tienen dinero pueden comer. El sistema —el capitalismo— es profundamente inhumano. Asfixia la risa.


Hace cien años, M. K. Gandhi ofreció una forma simple de medir la civilización: “la prueba del orden en un país”, dijo, “no es el número de millonarios que tiene, sino la ausencia de hambre entre sus masas”. Hoy la frase sigue siendo eléctrica, con una única corrección: no son millonarios, sino billonarios. Según la simple fórmula de Gandhi, el mundo no pasa la prueba. La semana pasada, sin embargo, hemos visto la victoria electoral de gobiernos de izquierda en Bolivia y Argentina, y la masiva resistencia en las calles de Chile e Irak. Estas victorias se enfrentarán con la presión del imperialismo, que reduce la capacidad de los gobiernos de izquierda de incorporar los deseos del pueblo en la lógica de la gobernanza. Aunque –incluso con un “espacio de políticas” reducido– muchos instrumentos importantes permanecen en manos de los gobiernos, a menudo estos instrumentos son empañados por las “prioridades” establecidas por organizaciones multinacionales como el FMI y el Banco Mundial, por falta de financiamiento y por las sanciones y otras amenazas que enfrentan los gobiernos de izquierda si siguen su propio camino.


El 14 de octubre, estudiantes secundarixs frustradxs comenzaron a protestar por el alza del pasaje y, en general, la corrupción estructural de Chile. Desde entonces, las protestas se han expandido tanto en el alcance de sus demandas como en el tamaño de sus manifestaciones. Es imposible anticipar el estímulo para la rebelión. En el Líbano fue un impuesto al uso de WhatsApp; en Chile fue el alza en las tarifas del metro; en Ecuador y Haití, los recortes a los subsidios al combustible. Cada una de estas coyunturas llevó a la gente a inundar las calles. Es importante preguntarse por qué las personas se han tomado las calles, cuál es su orientación política. En cada uno de los casos —Chile, Ecuador, Haití y Líbano—, el asunto central es que los pueblos de estos países han sido defraudados por sus propias burguesías y por las fuerzas externas (específicamente, las empresas multinacionales).


Las calles de Quito tiemblan entre el anhelo y la represión; el olor del gas lacrimógeno y los gritos de libertad reverberan en igual medida de un punto a otro de la ciudad. El estado de emergencia del presidente Lenín Moreno (3 de octubre) y el toque de queda (12 de octubre) dan más autoridad a los hombres armados, pero la violencia no ha quebrado el entusiasmo en las calles. Las opciones de Moreno pronto van a agotarse. La oligarquía y el FMI  —con un guiño de la Casa Blanca— podrían pedirle que dimita. Quieren que su socio sea creíble.

Este es un triunfo del pueblo. Pero ahora Moreno debe ir al FMI. ¿Qué presión pondrán sobre él? La batalla continúa. El FMI haría bien escuchando a líderes como Ofelia Fernández, militante argentina de 19 años. En lugar de promover una política de impuestos regresivos para lxs pobres, el FMI podría impulsar un mayor gasto en servicios públicos como transporte, salud y educación. Pero ese no es el carácter del FMI. Sus contornos son las políticas neoliberales y la austeridad.