Las noticias sobre luchas y conflictos en África, Asia, y Latinoamérica no siempre son fáciles de encontrar.  Una huelga general en India no se ve en la prensa corporativa, tampoco el asesinato de un militante de derechos civiles en América Central o las noticias que son de gran interés humanitario para organizaciones multilaterales tales como las agencias de las Naciones Unidas.

Mientras los intereses de la ideología corporativa hacen que los medios de comunicación mundiales se vuelvan cada vez más homogéneos, las noticias sobre el pueblo en todas partes del mundo se desaparecen cada vez más. Existe muy poca información básica, por ejemplo, sobre el hambre y las luchas para alimentar al pueblo. No nos interesan sólo los conflictos y el sufrimiento, estamos igualmente interesados en las luchas populares para enfrentar estos grandes desafíos.

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La semana pasada, la Agence France-Presse consiguió un borrador de un informe de la ONU titulado Informe especial sobre océanos y zonas heladas (criósfera) en un clima cambiante. Este documento de 900 páginas es un estudio de los océanos realizado por el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC, por su sigla en inglés), el cuerpo de la ONU que ganó el Premio Nobel de la Paz en 2007. Los extractos disponibles son una lectura escalofriante. “Los mismos océanos que contribuyeron a la evolución del ser humano”, dice el borrador, “acabarán aportando miseria a escala global si no se reduce la contaminación de CO2 que está dañando el entorno marino”.

A menos que se reduzcan drásticamente las emisiones de carbono creadas por los seres humanos, al menos el 30% de la superficie de hielos perennes del hemisferio norte podría derretirse dentro de las próximas ocho décadas. Esto significaría que para 2050 los océanos crecerían, y “eventos extremos de nivel del mar” borrarían islas y grandes ciudades que están a bajo nivel. Pocos científicos están convencidos de que el calentamiento puede controlarse en el umbral de 1,5˚C; esperan que sea de 2˚C. Con este aumento de temperatura, los océanos aumentarán lo suficiente para desplazar a más de 250 millones de personas; estas personas formarían colectivamente el quinto país más grande del mundo después de China, India, Estados Unidos e Indonesia.

El Informe especial sobre los océanos final será lanzado el 25 de septiembre, dos días después de la Cumbre sobre la Acción Climática especial, organizada por el secretario general de la ONU, Antonio Guterres, en Nueva York. A fines de agosto, Guterres habló en la Conferencia Internacional de Tokyo sobre el Desarrollo de África, donde señaló, “Pocas cosas perjudican el desarrollo como el desastre”. Tenía en mente el terrible ciclón Idai que golpeó a Mozambique, destruyendo el 90% del área alrededor de la ciudad de Beira.


Cielos oscuros persisten en la costa de Brasil, donde se concentra la mayoría de la población del país. Este año ha habido 40.341 incendios en el Amazonas, la cifra más alta desde 2010. El presidente del país —Jair Bolsonaro— se ha negado a admitir la gravedad de la situación, culpando a las ONGs por los incendios. El lenguaje de Bolsonaro, los hacendados y mineros, es genocida, y su comportamiento hacia el planeta es aniquilacionista. Son personas peligrosas, cuyos intereses monetarios sobrepasan la humanidad. Mientras tanto, el Campamento Marielle Vive —un asentamiento del Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST)— está enfrentando el desalojo. Su problema es la falta de tierra y de dignidad, para lo que no parece haber solución. Así que se han transformado en su propia solución. Este es el mundo en que vivimos, un mundo donde las personas comunes se establecen en tierras que son propiedad de un especulador inmobiliario, construyen una comunidad en esa tierra, planean hacer agricultura ecológica, y aun así esta comunidad debe ser destruida. Su dignidad no es relevante. En sus huesos, saben lo que debe significar ser palestinx o cachemir, o ser cualquiera de esas personas que son expulsadas de sus tierras para que los especuladores puedan construir estacionamientos o un centro comercial. Pueden escuchar en sus oídos el lenguaje que ha saboreado la insurgencia. Pueden oír el lenguaje de la guerra de clases que habla la elite: los tonos silenciosos del veredicto del juez, el rugido de la excavadora, el sonido desgarrador de la bomba guiada por laser. ¿Cómo sonará su lenguaje de la guerra de clases?


En una entrevista reciente con Brasil de Fato, el presidente del Instituto Tricontinental de Investigación Social, Vijay Prashad, conversó sobre la situación política actual en Brasil y el mundo. Se trata de una situación plagada de guerras híbridas y de un auge de gobiernos fascistas. Como señala Prashad, “la cuestión no es llegar solos al análisis correcto. La cuestión es promover un debate para aclarar cómo entendemos conjuntamente la coyuntura actual”. A diferencia del fascismo de los años 20 y 30, los líderes autoritarios actuales no necesitan una dictadura porque han vaciado el concepto de democracia. A partir de esa lectura, tanto del pasado como del presente, los movimientos sociales y políticos actuales pueden crear estrategias y buscar oportunidades para construir el poder de lxs trabajadorxs y campesinxs.


El ataque antidemocrático contra el pueblo de Cachemira se produjo al mismo tiempo que el pueblo de Argentina votó en las elecciones primarias para decir abrumadoramente que está harto de las políticas de austeridad. Imaginar la historia como una línea recta que se mueve progresivamente en una dirección es totalmente incorrecto. Es romántico pensar tanto que la historia es conservadoramente circular —de modo que el cambio es prácticamente imposible—, como que la historia es progresivamente linear —de modo que todo mejora de una manera científica—. Ninguna de las dos opciones es plausible. La historia humana es una lucha entre la imaginación de una vida mejor y las limitaciones del presente. Puede que la historia se mueva en zigzagueos, pero en términos temporales es desconcertante. Un gran número de eventos significativos parece golpearnos a un ritmo cada vez más rápido. Es difícil mantenerse al día con las noticias, más aún seguir lo que está pasando en cada país. Para proporcionar un mapa sencillo para navegar por algunos de estos acontecimientos, el Instituto Tricontinental de Investigación Social producirá regularmente una Alerta roja, una breve evaluación de dos páginas sobre crisis claves, que puede ser fácilmente impresa y distribuida. La primera —presentada en el boletín de esta semana— es sobre Cachemira.