Las noticias sobre luchas y conflictos en África, Asia, y Latinoamérica no siempre son fáciles de encontrar.  Una huelga general en India no se ve en la prensa corporativa, tampoco el asesinato de un militante de derechos civiles en América Central o las noticias que son de gran interés humanitario para organizaciones multilaterales tales como las agencias de las Naciones Unidas.

Mientras los intereses de la ideología corporativa hacen que los medios de comunicación mundiales se vuelvan cada vez más homogéneos, las noticias sobre el pueblo en todas partes del mundo se desaparecen cada vez más. Existe muy poca información básica, por ejemplo, sobre el hambre y las luchas para alimentar al pueblo. No nos interesan sólo los conflictos y el sufrimiento, estamos igualmente interesados en las luchas populares para enfrentar estos grandes desafíos.

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Las tensiones entre Washington, DC y Teherán parecen haber pasado de hervir a cocinarse a fuego lento, pero sin embargo continúan. Hay razones para pensar que el presidente Donald Trump —imprudente por naturaleza— atacará a Irán en los próximos meses. Puede que lo haga para distraer del impeachment que enfrenta en el senado o para aumentar sus posibilidades de reelección en noviembre de 2020. El objetivo de EE.UU. ha sido subordinar a Irán, debilitarlo y hacerlo irrelevante en Asia occidental. Eso no ha sucedido, y es lo que continúa generando tensión en la región. Tras el asesinato de Soleimani, lxs iraníes dijeron que si volvían a ser atacados destruirían Dubai (Emiratos Árabes Unidos) y Haifa (Israel). Los misiles de corto alcance de Irán pueden llegar a Dubai; pero es Hezbolá quien atacaría Haifa. Esto significa que EE.UU. y sus aliados enfrentarían una guerra de guerrillas regional a gran escala si ocurre cualquier bombardeo sobre Irán. Es por eso que Trump dudó, pero puede que no dude por mucho tiempo más.


Hace una década, cuando China y Rusia se unieron a Brasil, India y Sudáfrica para formar los BRICS, parecía que la arquitectura mundial estaba cambiando de la unipolaridad de EE.UU. (con sus aliados) a la multipolaridad; sin embargo, con la profundización de la crisis en países como Brasil e India, la nueva arquitectura mundial será bipolar, con EE.UU. y China como los dos polos del orden global. Estados Unidos —acostumbrado a dominar— ha hecho su mejor esfuerzo para intentar controlar y prevenir el creciente rol mundial de China. Controlar a China significa intimidarla para que siga subordinada a los intereses económicos de EE.UU.

Desde febrero de 2018, varios mecanismos de resolución de conflictos —incluyendo el Diálogo de Estrategia Económica— establecidos por EE.UU. y China no han funcionado. La reciente “fase uno” del nuevo acuerdo crea nuevas plataformas de discusión y debate, y ofrece un mapa para ordenar el caos desatado por la guerra comercial. Pero este acuerdo es un cese al fuego, no un tratado de paz.


Las protestas contra la austeridad se cruzan con las protestas contra la toxicidad social, desde India hasta Latinoamérica. La actitud general en estas protestas es que no vale la pena respetar lo que pasa por realidad, hay que ignorar a los líderes del establishment y su crueldad. El presidente estadounidense, Donald Trump, amenaza con destruir los sitios culturales de Irán, una amenaza que tiene el carácter de un crimen de guerra; el primer ministro australiano, Scott Morrison, observa cómo se quema su país y reacciona con ruidos groseros y poco científicos; el primer ministro indio, Narendra Modi, no dice nada cuando la policía y los matones de su orientación política entran a las universidades y golpean y arrestan a estudiantes. Los rostros jóvenes mantienen sus cabezas en alto, los puños en el aire, no tienen miedo. Es cierto que se trata de protestas juveniles, pero sería impreciso creer que la juventud puede reducirse a la edad. Hay muchas personas jóvenes que se han rendido a la realidad, que no pueden ver más allá del horizonte del presente; hay muchas personas mayores que están llenxs de juventud en su deseo por una transformación a gran escala. El asunto no es la edad, sino la actitud, la sensibilidad de que el mundo que tenemos no tiene por qué ser así para toda la eternidad.


Al comenzar el nuevo año, las protestas continúan sin cesar en todo el planeta; los crecientes niveles de descontento se manifiestan tanto en direcciones progresistas como reaccionarias. Parte de ese enojo se canaliza hacia la esperanza de un mundo sin desigualdad ni catástrofes, otra parte se profundiza en un odio tóxico hacia otras personas. El primero —el núcleo racional de la esperanza genuina— apunta sus dedos a la obscena desigualdad social. Mientras lxs ricxs se hacen más ricxs, lxs pobres luchan por sobrevivir. En Bangladesh, las protestas de lxs trabajadorxs por aumentar sus sueldos a un estándar decente son parte de una ola de protestas contra la austeridad. Estas luchas que encendieron a Chile y Ecuador, Irán e India, Haití y Líbano, Zimbabue y Malaui, no son solo contra la corrupción y el alza de los combustibles, son contra todo el entramado de la austeridad y la dura tasa de explotación que deja en la miseria a la mayor parte de la humanidad. Estas luchas buscan imaginar y construir un mundo nuevo. Pero, ¿cómo sería ese mundo? Solamente estar contra la explotación y la opresión no es suficiente. Es necesario un proyecto vital por un futuro socialista.