Estudios Feministas 1 – Mujeres de lucha, mujeres en lucha

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A women's march in Argentina as part of the Ni Una Menos

Una marcha de mujeres en Argentina como parte del movimiento Ni Una Menos que ha movilizado sobre la violencia de género, los derechos reproductivos, el feminicidio y la brecha salarial de género, 2018. Bárbara Leiva

 

La experiencia de todos los movimientos de liberación atestigua que el éxito de una revolución depende del grado de participación de las mujeres, ya lo decía Lenin en 1918. Poco más de un siglo después, rescatamos esa afirmación para contar la historia de mujeres que construyeron esos movimientos y otras que siguen construyendo la resistencia al neoliberalismo y al más reciente populismo reaccionario.

El largo siglo XX estuvo marcado por luchas de liberación nacional en Asia y África, al mismo tiempo que se vivía el crecimiento y las contradicciones de las economías capitalistas en los países de América Latina y sus disputas por proyectos de nación. La inspiración de la Revolución rusa de octubre de 1917 llegó pronto a los continentes aún agrarios y coloniales del sur global, despertando la esperanza de que la mayoría trabajadora podría vencer a la minoría explotadora, lo que motivaba las luchas populares y fomentaba la organización política alrededor del mundo.

En esta primera publicación sobre Mujeres en lucha del Instituto Tricontinental de Investigación Social ofrecemos un análisis introductorio de la coyuntura de luchas de las mujeres en los tres continentes —Asia, África y América— en tiempos de resistencia contra el avance agresivo de un neoliberalismo conservador, donde las mujeres se convierten en los primeros y principales objetivos de la precarización, opresión y explotación del trabajo y de la vida.

En los próximos lanzamientos mensuales a lo largo de este año hablaremos sobre las trayectorias de mujeres de lucha que históricamente contribuyeron no solo al fortalecimiento de la participación política de las mujeres, sino especialmente al espíritu pionero de las organizaciones propias de mujeres, abriendo caminos de lucha y resistencia feministas a lo largo del siglo XX.

Conocer la teoría y los diversos métodos organizativos de ese legado, además de ser una tarea histórica-militante, nos inspira a reflexionar sobre las formas de nuestras propias organizaciones, necesarias para enfrentar la opresión de los días actuales.

 

 

Mujeres y desigualdades

Hemos visto crecer una enorme revuelta social y política en el mundo, principalmente en el sur global, donde trabajadoras y trabajadores enfrentan fuertes golpes del neoliberalismo y buscan resistir a los impactos de la desarticulación política, la precariedad económica y el agotamiento del modelo de reproducción social.

Esa revuelta forma parte de la reciente crisis estructural del capitalismo contemporáneo, en la que todas sus contradicciones alcanzaron un punto de ebullición. Contradicciones ecológicas, políticas y de reproducción social emergen como soportes de una economía oficial que necesita de relaciones aparentemente no económicas y prácticas de carácter social, político y cultural para mantener su dominio.

Las autoras Arruzza, Bhattacharya y Fraser explican que “Detrás de las instituciones oficiales del capitalismo (trabajo asalariado, producción, intercambio y finanzas) se encuentran sus apoyos necesarios y las condiciones que las habilitan: familias, comunidades, naturaleza; Estados territoriales, organizaciones políticas y sociedades civiles; y, no con menos importancia, la cantidad enorme de múltiples formas de trabajo no remunerado y expropiado, incluyendo buena parte del trabajo de reproducción social, todavía en gran medida realizado por mujeres y, a menudo, no compensado” (85-86).

Teniendo como punto de partida los propios desafíos —y colapsos— de una nueva economía financiarizada (vea más detalles aquí), esas contradicciones aparecen como consecuencias de problemas que no parecen tener solución simple. El aumento sin precedentes de la desigualdad, por ejemplo, es una realidad global. Como muestra el último informe de Oxfam (2020), además de que se mantiene el abismo entre los ingresos de hombres y mujeres, la concentración de ingreso alcanzó niveles record: la fortuna del 1% más rico del mundo corresponde a más del doble de la riqueza acumulada por 6.900 millones de personas, o sea, 92% de la población mundial. Más aún, los 22 hombres más ricos del mundo tienen una riqueza superior a la de todas las mujeres de África (más de 650 millones de mujeres).

Además, la explotación y opresión no aparecen solo en la esfera económica, sino que se mantienen a partir de valores sociales, culturales y morales que sustentan una lógica conservadora sobre el papel de las mujeres en la sociedad de clases. Eso configura parte de lo que llamamos patriarcado, comprendido como sistema estructurante del conjunto de las relaciones de la sociedad. La organización, división y jerarquización del trabajo, así como de elementos sociales, políticos y culturales en los espacios de la familia, el Estado, la sociedad civil y la propia reproducción social, ayudan a mantener ese estatus y están imbricadas con las demás cuestiones de clase y raza de la sociedad.

La forma en que la economía capitalista organizó y estructuró el trabajo de hombres y mujeres en la sociedad debe ser comprendida a partir de lo que denominamos división sexual del trabajo. Esa estructura de trabajo considera no solo una división de tareas entre hombres y mujeres, sino que jerarquiza esa división y atribuye al trabajo destinado a los hombres mayor valor que a los trabajos desarrollados por las mujeres. En ese ínterin, promueve la separación entre producción y reproducción: considera “trabajo” solamente a la esfera de la producción, destinando ese espacio mayoritariamente a los hombres, y deja a cargo de las mujeres el espacio de la reproducción, esto es, del cuidado, la familia y las tareas domésticas, que pasa a ser el “no trabajo” o trabajo poco reconocido, en su mayoría no remunerado y/o desvalorizado socialmente.

De acuerdo a datos de Oxfam, los trabajos mal remunerados son ocupados mayoritariamente por mujeres. Ellas representan más del 75% de todo trabajo de cuidado no remunerado del mundo. Mujeres y niñas dedican cerca de 12.500 millones de horas, todos los días, a trabajos no remunerados, sea como cuidadoras de personas ancianas o cuidando de la casa (OXFAM, 2020). Como resultado, 42% de las mujeres del mundo en edad activa están fuera del mercado laboral (entre los hombres la cifra es de 6%), muchas de ellas como consecuencia de la sobrecarga del trabajo doméstico.

Ese gran abismo se basa en un sistema económico sexista y fallido, que coloca las mujeres en el centro del debate de la actual crisis del capitalismo: son las primeras en sentir los efectos de esa crisis, con la precarización de sus trabajos, el aumento de la informalidad y salarios más bajos. El colapso de sistemas cruciales de apoyo social —como la seguridad social, la educación infantil (guarderías) y el cuidado de personas ancianas— provocado por el avance neoliberal más reciente, también impone un peso adicional a la «economía del cuidado», ampliamente mantenida por mujeres. Se suma a eso la naturalización de la violencia contra las mujeres, en un mundo que permite que más de 90.000 mujeres por año sean víctimas de “feminicidio”, sabiendo que en su mayoría se conoce la dirección donde ocurrió la agresión y la de los agresores: sus propios hogares, mujeres en situación de violencia doméstica.

 

 

Resistencia y lucha

El escenario de exacerbación de la opresión a las mujeres atrae a muchas de ellas a las primeras filas de la creciente revuelta social en el globo. Si por un lado están en el centro de la explotación económica promovida por la crisis del capitalismo, también —y por eso— pasan a asumir protagonismo en diversas luchas sociales que emergieron en el último período en Asia, África y América Latina en forma de protestas, resistencia y organización para superar sus condiciones concretas.

En un escenario político fracturado y heterogéneo, producido por el avance del neoliberalismo sobre los países del sur global, no es tan fácil construir una resistencia unificada. Se vuelve especialmente importante recuperar las acciones históricas de movimientos emancipadores, así como resaltar las actuales movilizaciones de carácter popular para contraponerlas a las actuales opciones neoliberales y populistas reaccionarias, que se presentan como única alternativa/solución e invisibilizan las demás manifestaciones políticas.

En esta primera publicación, nos interesa particularmente señalar los procesos de resistencia de carácter popular, feminista y progresista de los países de los tres continentes del sur global, para identificar las características de las luchas libradas en nuestro tiempo, inspiradas en el legado combativo dejado por las mujeres a lo largo del siglo XX.

 

 


Across Brazil, hundreds of millions of women, militants, and social movements say #EleNão

En todo Brasil centenas de miles de mujeres, militantes, movimientos sociales dicen #EleNão #ElNo al entonces candidato a la presidencia Jair Bolsonaro, en la mayor marcha de mujeres de la historia del país, 29 de septiembre de 2018.
Sâmia Bomfim / Wikimedia Sâmia Bomfim / Wikimedia

 

Mujeres en lucha en América Latina en tiempos de conservadorismo 

El giro a la derecha de los gobiernos latinoamericanos, que se dio a partir de los últimos procesos electorales y golpes institucionales, significó el aceleramiento de la implementación de los proyectos neoliberales de la región. En las décadas de 1980 y 1990, países de toda América Latina, pero especialmente Argentina, Bolivia, Brasil, Ecuador y Venezuela, sufrieron presiones externas de parte del Fondo Monetario Internacional (FMI) para hacer grandes recortes al gasto público en los sectores de educación, salud y asistencia social, además de incentivos a la privatización de diversos servicios públicos a partir del avance de las economías liberales de mercado. El más reciente retorno de esos recortes por parte de los nuevos gobiernos conservadores revela de inmediato los efectos de la explotación y precarización que recaen sobre la vida y el trabajo de las mujeres.

Al mismo tiempo, hubo una reacción conservadora en la región: organizaciones religiosas y de derecha organizaron movilizaciones, ataques concertados a las políticas públicas a favor de los derechos de las mujeres y de las personas LGBT+ (como la eliminación de toda mención a la palabra género en los currículos de secundaria o la limitación de las posibilidades de acceso a la interrupción del embarazo), y una campaña permanente en las redes sociales y en los medios de comunicación hegemónicos contra lo que llamaron «ideología de género». Aunque esos movimientos hayan sido más fuertes en América Central y en Perú, están presentes en todos los países latinoamericanos y amenazan las conquistas duramente conseguidas a lo largo de décadas.

Esa experiencia de los recortes en la economía del cuidado, la difusión de campañas ideológicas contrarias a los derechos de las mujeres, entre otros factores, incentivó la radicalización de las mujeres en las organizaciones de luchas sociales en diversas partes del mundo. Así, en los últimos años emerge un feminismo reactivo a las experiencias de las políticas (patriarcales) de ajuste estructural. Más mujeres pasan a organizarse, a participar en manifestaciones, a exigir un nuevo modelo que asegure una visión feminista y se vuelven más activas en la lucha por un mundo diferente.

Podemos decir que la tendencia del capitalismo y de esa ola neoliberal a profundizar las consecuencias de la división sexual del trabajo, la violencia de género y la opresión y explotación desenfrenada de la vida de las mujeres, aceleró el tránsito de los movimientos de mujeres trabajadoras, indígenas, negras y sin tierra directamente hacia proyectos anti-neoliberales e incluso socialistas, como en Venezuela.

Además de eso, el creciente control sobre el cuerpo femenino, por medio de la ampliación de la represión estatal sobre la sexualidad y la capacidad reproductiva de las mujeres, como teoriza Silvia Federici (2019), desencadenó un auge de protestas y organizaciones de mujeres por el mundo, como ha sido el caso de los pañuelos verdes en Argentina, que luchan por la legalización del aborto.

En Bolivia, las mujeres están en el centro de las protestas contra el golpe y por la restauración del gobierno, y saben que su lucha es de carácter socialista contra la indignidad impuesta a los pueblos indígenas y a toda la población campesina de trabajadoras y trabajadores.

En Brasil, las movilizaciones organizadas por mujeres ocurrieron principalmente durante el período de campaña electoral después del golpe de Estado contra el gobierno del Partido de los Trabajadores. La famosa marcha Ele Não [Él No], en septiembre de 2018, fue la mayor manifestación de mujeres de la historia de Brasil, aglutinó a millares de mujeres y militantes por las calles de más de 114 ciudades del país, con una campaña contra el entonces candidato ultraconservador a la presidencia Jair Bolsonaro.

En 2019, bajo el liderazgo de Bolsonaro, la represión, el autoritarismo, el moralismo y los índices de violencia contra las mujeres aumentaron en Brasil. En el primer semestre del nuevo gobierno, los casos de feminicidio aumentaron en 44% en la mayor ciudad del país (São Paulo), comparado con el año anterior. En un país en que cada 4 segundos una mujer es agredida, la inversión en políticas públicas de combate a la violencia contra las mujeres cayó de 119 millones de reales [US$ 26,7 millones] en 2015 —todavía durante el gobierno del Partido de los Trabajadores— a 5,3 millones [US$ 1,19 millones] en 2019. Los programas de atención a mujeres en situación de violencia del Ministerio de la Mujer tuvieron, en el mismo período, un retroceso presupuestario desde 34,7 millones de reales [US$ 7,8 millones] a apenas 194.700 reales [US$ 43.750]. La inversión en guarderías y preescolar también tuvo una drástica disminución, con el menor presupuesto de la última década: las transferencias para la construcción de nuevas unidades cayeron de más de 506 millones de reales [US$ 113,7 millones] en el primer semestre de 2014 a apenas 10,2 millones de reales [US$ 2,29 millones] en el mismo período en 2019. Este nuevo escenario, de mayor descuido y de recortes en temas que afectan directamente la vida y las condiciones de trabajo de las mujeres, viene acompañado de un proceso de ampliación del conservadurismo y el autoritarismo político, social y cultural, y exigirá un nuevo nivel de resistencia y organización de las mujeres en el país.

En Chile el feminismo ha acumulado mucha fuerza durante los últimos años, lo que se reflejó en las calles en la marcha del 8 de marzo de 2019, que hasta hace poco había sido la más grande en décadas, solo superada por las manifestaciones de la revuelta popular a fines de ese año. Junto con la masividad lograda, el movimiento ha consolidado su organización a partir de la formación de la Coordinadora Feminista 8M, que junto a otras organizaciones realizó en enero de 2020 el 2º Encuentro plurinacional de las que luchan, en el que se reunieron más de 3.000 mujeres y disidencias sexo-género para discutir sobre el programa y el plan de lucha frente al escenario actual.

Durante la revuelta que comenzó el 18 de octubre de 2019 y que sigue en marcha, las mujeres de Chile han salido a las calles a luchar por una transformación estructural del país, haciendo frente a la brutal represión de la policía y los militares, quienes han defendido sin miramientos los intereses del capital y de sus representantes políticos. Durante este periodo, la violencia política sexual ha sido parte de las violaciones sistemáticas a los derechos humanos que ha sido denunciada por diversos organismos internacionales. Frente a la impunidad que pretende instalar el gobierno sanguinario de Sebastián Piñera, el movimiento feminista ha recurrido a todos los medios para resistir y visibilizar dicha violencia, lo que tuvo un eco internacional con la performance del colectivo Las Tesis que se replicó en diversos lugares del mundo.

Pero la violencia no ha detenido el avance inevitable del feminismo, que continúa trabajando en solidaridad con otros movimientos sociales que dicen NO+ a la precarización de la vida impuesta en dictadura y mantenida hasta hoy. En ese sentido, una de las luchas claves en la actualidad ha sido la defensa de un proceso constituyente que permita avanzar efectivamente en la superación del neoliberalismo y que garantice ciertas condiciones mínimas para una participación efectiva del pueblo movilizado (como la paridad del futuro órgano constituyente).

En Venezuela, conforme señalaron Roxanne Dunbar-Ortiz, Ana Maldonado, Pilar Troya Fernández y Vijay Prashad en su artículo, la mayoría de las personas que salen a defender la Revolución bolivariana son mujeres. Como parte del proceso revolucionario en Venezuela, las mujeres han sido esenciales en la reconstrucción de estructuras sociales erosionadas por décadas de austeridad capitalista. Su trabajo ha sido fundamental para el desarrollo del poder popular y para la creación de una democracia participativa. El 64% de lxs portavoces de las 3.186 comunas son mujeres, así como la mayoría de lxs líderes de los 48.160 consejos comunales y 65% de lxs lideres de los Comités Locales de Abastecimiento y Producción. Las mujeres no exigen solamente igualdad en el local de trabajo, sino también en la esfera social, donde las comunas son los átomos del socialismo bolivariano. Las mujeres en la esfera social se han esforzado para construir la posibilidad de autogobierno, construyendo un poder dual y, por lo tanto, corroyendo lentamente la forma liberal del Estado.

Los actuales procesos de lucha y resistencia en América Latina deben tomar conciencia de la importancia de colocar a las mujeres en un lugar central y de comprender los elementos destacados de sus luchas como vitales en el debate de construcción de un nuevo mundo.

 

 


The Women's Wall in Kerala was a mobilisation of 5.5 million women

El Muro de Mujeres en el estado de Kerala, India, fue una movilización de 5,5 millones de mujeres en defensa de la igualdad de género y los valores progresistas del estado contra los ataques de la derecha. El muro cubrió 620 km del norte al sur del estado, 1 de enero de 2019.
Vyshakh T. Vyshakh T.

 

La situación de las mujeres en India bajo el régimen de Modi

Desde la elección de Narendra Modi como primer ministro en 2014, el Partido Bharatiya Janata (BJP por su sigla en hindi) y su familia de organizaciones hinduistas han intensificado considerablemente la propagación de una retórica de odio generalizada hacia las minorías y las fuerzas progresistas. A través de esa campaña de odio, las fuerzas de derecha han buscado romper el tejido social de India y moldearlo para que se acomode a su ideología divisiva. No solo hay amenazas de violencia que penden sobre cualquiera que se oponga a este proyecto, sino que también hay una nube de violencia generalizada que se ha asentado sobre la sociedad. Lo más terrible es que los grupos de derecha y las turbas que linchan gozan de impunidad. Las mujeres son las más afectadas en esta atmósfera de violencia en el país.

Desde 2014 se ha producido un aumento visible de la violencia contra las mujeres —en particular violencia sexual— en toda la India, lo que ha infundido miedo y ha cultivado la ira en las mujeres de todo el país. Este año, la situación ha sido quizás más visible en el estado de Uttar Pradesh (UP), epicentro de la política comunalista (ideología que promueve identidades grupales religiosas o étnicas violentas e incita a la lucha entre ellas) del BJP, cuya agenda subyacente es dividir a la sociedad según la religión, la casta, etc. El primer ministro de UP, Yogi Aditya Nath, “un hombre de dios” convertido en el líder del BJP, se esfuerza en establecer allí su propia versión de Rajya Hindu [Estado hindú], utilizando la maquinaria estatal para intimidar a lxs musulmanxs y despojarlos de sus derechos de ciudadanía. Desde que Aditya Nath asumió el cargo, los crímenes contra las mujeres han aumentado en un 33% de acuerdo con lo que el propio gobierno admitió en el parlamento del estado. El terrible calvario de una joven que fue agredida sexualmente por un integrante de la asamblea legislativa estadual del BJP es sintomático de las brutalidades infligidas a las mujeres en el gobierno del BJP. Cuando la joven se atrevió a denunciar al parlamentario a la policía, su padre fue torturado bajo custodia policial, resultando en su muerte. Cuando ella persistió en su batalla legal, un camión chocó sospechosamente contra el automóvil en el que ella viajaba con miembros de su familia y su abogado; dos de sus familiares murieron en el accidente y ella y su abogado resultaron gravemente heridos.

Siempre que las mujeres han hecho valer sus derechos, las fuerzas hindutva [‘de la hinduidad’] se han opuesto con vehemencia y violencia. Después de que las mujeres activistas estuvieron años exigiendo la entrada al famoso templo Sabarimala del estado de Kerala, la Corte Suprema de la India estableció en 2019 que las mujeres tienen derecho a entrar al templo. Los líderes nacionales y ministros federales del BJP negaron el derecho de las mujeres menstruantes de entrar al templo sagrado, porque en su juicio eso lo contamina. Sin embargo, cuando el gobierno del Frente Democrático de Izquierda en Kerala implementó este derecho, el BJP y otras organizaciones de derecha movilizaron turbas violentas para atacar a las mujeres que visitaban el templo y organizaron un alboroto en todo el estado contra este derecho de las mujeres.

En el núcleo de la ideología del BJP está el patriarcado hindutva que subordina a las mujeres y defiende el sistema de castas. Según la ideología del BJP, la mujer es retratada como madre Bharat Mata [Madre India], que simboliza el honor nacional. El mito repetido de que Bharat Mata está amenazada por sus enemigos internos, es decir, lxs musulmanxs, se utiliza para polarizar la sociedad alrededor de identidades religiosas y para la movilización política. La inclusión de mujeres en el BJP no es el resultado del desmantelamiento de normas o estructuras patriarcales ni de un desafío al patriarcado, sino que se hace en los términos de la ideología hindutva y dentro del marco del Rashtra Hindu. La organización matriz del BJP, la Rashtriya Swayamsevak Sangh (RSS), coloca a las mujeres en el papel de portadoras de castidad y como símbolos de honor en la comunidad. El RSS ha promovido una ola de religiosidad entre las mujeres, a través de los templos y de grupos de bhajan (“canciones devocionales”), enfatizando la superstición y los rituales. A través de estos grupos, la derecha hindutva moviliza la fuerza de trabajo y ha acelerado el acercamiento de las mujeres hacia la extrema derecha, contra sus propios intereses. En el transcurso de varias décadas se ha producido un descenso drástico de la participación de mujeres en edad laboral en la fuerza de trabajo, un 23% entre 2017 y 2018 según la Encuesta Periódica de la Fuerza Laboral (PLFS).

Hay un argumento falso de muchas personas de derecha de que las mujeres se quedan en casa en vez de buscar empleo fuera solo porque los hombres ganan más. La realidad es que hay otros factores en juego también, como la caída en el empleo agrícola, en buena medida debido a la mecanización (aunque hay otras razones), que era la fuente principal de empleo para las mujeres rurales. Mientras que los hombres han intentado encontrar trabajo en áreas urbanas a través de la migración estacional y a lago plazo, el proceso ha sido más duro para las mujeres, para quienes las responsabilidades del cuidado de lxs hijxs son infinitamente más costosas cuando se ven obligadas a salir de sus comunidades. La realidad de que las mujeres son con mayor frecuencia las principales encargadas del cuidado en sus familias hace que, a su vez, les sea especialmente difícil encontrar un empleo adecuado. Lejos de sus comunidades, para las mujeres es arduo encontrar lugares de trabajo seguros. En el caso de mujeres cuyas familias han emigrado con ellas, o que ya vivían en zonas urbanas, el costoso y largo viaje diario al trabajo —una realidad para la clase trabajadora urbana— plantea un desafío adicional para quienes muchas veces son las únicas responsables del cuidado de lxs niñxs, la cocina, la limpieza y otras tareas domésticas.

El gobierno del BJP no ha hecho nada por mejorar las condiciones de trabajo de las mujeres en lo que respecta a políticas como la igualdad salarial, la implantación de guarderías en los lugares de trabajo o garantizar que estos sean seguros y libres de acoso. Por el contrario, sus esfuerzos se han dirigido hacia retroceder el reloj y recortar las libertades que las mujeres han conquistado a lo largo de décadas de lucha, convirtiéndolas una vez más en defensoras del honor y la identidad religiosa.

Sin embargo, los graves y continuos ataques contra las mujeres y sus derechos se han encontrado con una masiva ola de resistencia en todo el país. Las mujeres están liderando el movimiento en curso contra la Ley de Enmienda de la Ciudadanía (Citizenship Amendment Act – CAA), el Registro Nacional de Ciudadanos (NRC) y el Registro Nacional de Población (NPR), que violan fundamentalmente las disposiciones de la Constitución India. Desde el Shaheen Bagh de Delhi hasta varias ciudades pequeñas, distritos, pueblos y aldeas, las mujeres están al frente del movimiento contra el ataque dirigido por el BJP contra el derecho de lxs musulmanxs a la ciudadanía.

 

 


Trabajadoras domésticas se reúnen en Church Square en Pretoria, Sudáfrica, para comenzar su marcha hacia Union Buildings contra prácticas laborales injustas y bajos salarios, junio de 2019.
Ihsaan Haffejee / New Frame

 

Resistencia y lucha en Sudáfrica desde el apartheid

En Sudáfrica, las mujeres han desempeñado un papel fundamental en las luchas, especialmente en la lucha contra el apartheid. La Federación de Mujeres Sudafricanas, que se creó en Johannesburgo el 17 de abril de 1954, adoptó una Carta de las Mujeres que situaba la emancipación de las mujeres en el centro de la lucha por un futuro justo. Unos años después, Dorothy Nyembe y Florence Mkhize surgieron como líderes clave en la resistencia insurreccional en el asentamiento de barracas de Cato Manor en Durban en 1959. Tras las huelgas de Durban en 1973 y en el renacimiento del movimiento sindical negro, mujeres como Jabu Ndlovu y Emma Mashinini se convirtieron en importantes protagonistas del movimiento sindical. Las mujeres siguieron desempeñando un papel vital en las luchas comunitarias que se pusieron de relieve, a menudo bajo la bandera del Frente Democrático Unido, en la década de los 80.

Una corriente influyente de feminismo académico blanco tendía a argumentar que la participación de las mujeres en las luchas enmarcadas en el proceso más amplio por la liberación nacional no debería considerarse como plenamente feminista. Nomboniso Gasa, una valiente activista antiapartheid e importante intelectual feminista, proporcionó un poderoso argumento contra este punto de vista en 2007, preguntando: “¿Por qué el Muro de Berlín entre la negritud y la lucha por la liberación por un lado y el feminismo por el otro?”. Considerando la historia, este debate ya se ha resuelto. Las mujeres que participaron en las luchas que unieron cuestiones de raza, género y clase ya no están excluidas del recuento de quién es una verdadera feminista.

Pero después del apartheid, como parte del proceso general en el cual la “sociedad civil” basada en las ONG vino a reemplazar a las organizaciones populares, el feminismo se convirtió frecuentemente en una profesión, ubicada principalmente en las ONG y la academia. El feminismo de base, popular, rara vez fue reconocido como feminismo, incluso cuando tomó formas insurgentes. Este tipo de feminismo profesional estuvo a menudo centrado en cambiar leyes y políticas y lograr una representación en las estructuras de la élite. Por supuesto, hubo excepciones importantes, incluyendo el trabajo realizado en y alrededor de la Campaña de Acción por el Tratamiento a finales de la década de 1990 y comienzos de la del 2000, una lucha por el acceso a medicamentos que incluía un importante enfoque en el empoderamiento político popular.

En 2009, los límites del feminismo profesionalizado salieron a luz con el ascenso a la presidencia del profundamente patriarcal Jacob Zuma. Zuma llegó al poder con un significativo apoyo popular tanto de la izquierda como de las mujeres organizadas en el partido Congreso Nacional Africano (ANC), así como del electorado. Los avances feministas en términos de políticas, leyes y representación en la élite no habían sido acompañadas de avances en la construcción del poder popular ni la configuración del sentido común de la sociedad.

Hoy en día, Sudáfrica sufre tasas aterradoras de violencia contra las mujeres, incluida la violencia sexual. La oposición a esta crisis ha tomado a veces la forma de exigir el retorno de la pena de muerte, la suspensión del estado de derecho, o la exigencia de que los hombres deben “proteger” a las mujeres. Los feminismos populares, que están floreciendo en algunos sectores, continúan siendo ignorados por la esfera pública de élite y el grueso de la academia y las ONG. Sin embargo, no todas las luchas en Sudáfrica han sido cooptadas por la oenegización de las luchas sociales. En este sentido, Abahlali baseMjondolo es un ejemplo clave de un espacio contemporáneo de feminismo popular. Abahlali baseMjondolo es un movimiento de habitantes de barracas y es el mayor movimiento social de los que surgieron desde el fin del apartheid; el movimiento tiene una mayoría de integrantes mujeres, muchas mujeres en posiciones de liderazgo y con frecuencia levanta asuntos feministas planteados en el lenguaje del empoderamiento político de las mujeres.

A diferencia de países como Brasil o India, Sudáfrica no tiene un movimiento nacional y sostenido de mujeres que conecte a intelectuales y profesionales con formación universitaria, como abogadas y periodistas, con mujeres activas en organizaciones comunitarias, movimientos sociales y sindicatos. Construir esa conexión es una prioridad urgente, no solo en Sudáfrica, sino en todo el continente, en solidaridad con los otros países del sur global.

En oposición al capitalismo de la austeridad, en todas partes del mundo, las mujeres han mostrado su creatividad, fuerza y solidaridad no solo contra políticas neoliberales y contra el aumento del conservadorismo, sino también a favor del proyecto socialista. Se vuelve fundamental la promoción de una solidaridad internacional teniendo en cuenta la semejanza de esos procesos, así como las alternativas que están siendo creadas por las mujeres.

Lo que queda claro con los ejemplos arriba descritos es que, no solo la participación de las mujeres, sino su liderazgo en los procesos de lucha garantiza la inclusión de la diversidad social necesaria a las revoluciones.

 

Creatividad, fuerza, solidaridad

En oposición al capitalismo de la austeridad, en todas partes del mundo, las mujeres han mostrado su creatividad, fuerza y solidaridad no solo contra políticas neoliberales y contra el aumento del conservadorismo, sino también a favor del proyecto socialista. Se vuelve fundamental la promoción de una solidaridad internacional teniendo en cuenta la semejanza de esos procesos, así como las alternativas que están siendo creadas por las mujeres.

Lo que queda claro con los ejemplos arriba descritos es que, no solo la participación de las mujeres, sino su liderazgo en los procesos de lucha garantiza la inclusión de la diversidad social necesaria a las revoluciones.

 

 

Bibliografía

LENIN, V. I. “Discursos no primeiro congresso pan-russo de las operárias”. 1918. En: ENGELS, F; MARX, K; LENIN, V. Sobre a Mulher. São Paulo: Global Editora, 1979. p. 107-109.

ARRUZZA, C., BHATTACHARYA, T., FRASER, N. Manifiesto de un feminismo para el 99%. Barcelona: Herder, 2019.

FEDERICI, S. Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria. Buenos Aires: Tinta limón, 2015.

OXFAM. Tiempo para el cuidado. El trabajo de cuidados y la crisis global de desigualdad. 2020.