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Tito Zungu, Airplane [Avión] (Sudáfrica, 1970)

Estimados amigos y amigas,

Saludos desde las oficinas del Instituto Tricontinental de Investigación Social.

Cuando el fallecido artista sudafricano Tito Zungu quería representar el mundo de lxs trabajadorxs migrantes, se centró en el sobre. Era mediante escasas cartas que los migrantes lograban comunicarse con su familia; cartas que de un lado eran dictadas a redactores profesionales de cartas, y que del otro lado eran leídas en voz alta por lectores profesionales de cartas. Con lápices de colores Zungu dibujó en estos sobres aviones y botes así como radios a transistor, imágenes que mostraban cómo los migrantes se movían y cómo buscaban cierto entretenimiento.

Alrededor de la época en que Zungu dibujaba en sobres, el gran músico sudafricano Hugh Masekela puso su atención en los migrantes mineros. Su canción, escrita en 1971, Stimela: El tren del carbón (Stimela: The Coal Train, en inglés), retrató el gran daño que sufrió el pueblo de África producto de la migración y la minería (Stimela es la palabra en Nguni para ‘tren’).

Hugh Masekela, Stimela (1971)

Hay un tren, canta Masekela, que viene de Namibia y Malawi, de Zambia y Mozambique. Está lleno de mano de obra reclutada, personas que vienen a trabajar a las minas de oro de Johannesburgo. “Por casi nada de pago”, estos mineros bajan “profundo al vientre de la tierra”. La “piedra evasiva” hace poco por los mineros, su pago es bajo, su comida terrible, sus casas “llenas de pulgas”. Y luego estos mineros sueñan, pero sus sueños se desvían hacia lo horrible de la realidad,

Piensan en los seres queridos que tal vez no vuelvan a ver
Porque puede que ya hayan sido forzados a trasladarse
De donde los dejaron por última vez.

La riqueza se va a otra parte. No es coincidencia que los ingleses denominaran su nueva moneda como “Guinea” en 1663, en referencia a la costa occidental africana (que a su vez fue nombrada de esta manera por los portugueses y españoles en honor a la gran ciudad comercial Djenné, ahora en Mali central). El dinero inglés está formado por el saqueo a África. Esa era la situación en el siglo XVII y sigue siendo —en gran medida— la situación actual.

Naeem Mohaiemen , “No temas/ Organizaré una procesión/ los soldados marcharán cargando flores, no armas/ solo para ti/ mi amor (por Shahid Kadri ), 2017

El silencio no es el ánimo de los mineros. Han luchado contra el robo de su trabajo desde los días del colonialismo hasta estos tiempos neocoloniales. Sus protestas han sido feroces, y la reacción a ellas ha sido mortal. El ataque a los mineros en Marikana (Sudáfrica) en 2012 es emblemático, pero también es bastante común.

Mineros abatidos (Miners shot down, en inglés), 2014

Los mineros —como los trabajadores sin tierra— están familiarizados con las armas de fuego y el gas lacrimógeno, desde un extremo de África (Marikana, Sudáfrica) hasta el otro (Jerada, Marruecos). Pero la violencia estatal y la violencia de las corporaciones no detiene a los mineros ni a los trabajadores sin tierra. En Sudáfrica, se celebró una elección el miércoles 8 de mayo, donde los mineros y los trabajadores sin tierra hicieron fila para votar (se esperan los resultados para el 11 de mayo). Muchos de ellos son parte del Sindicato Nacional de Trabajadores Metalúrgicos de Sudáfrica (NUMSA) y de Abahlali baseMjondolo, los baluartes de la clase trabajadora en el país. A pesar de la victoria esperada del Congreso Nacional Africano —cuyo control sobre el electorado no ha disminuido en el periodo posterior al apartheid desde 1994— decenas de miles de trabajadores sin tierra entregaron su voto al Partido Socialista Revolucionario de los Trabajadores (Socialist Revolutionary Workers Party, SRWP, en inglés), una nueva organización en el país. Emergieron tras la masacre de Marikana, cuya mina de platino es propiedad de Lonmin, una empresa que tenía en su comité directivo a Cyril Ramaphosa, el actual líder del Congreso Nacional Africano. Ya sea en Sudáfrica o Zambia, Sudán o Ghana, los trabajadores sin tierra del continente —contra todo pronóstico— siguen luchando por obtener más de los excedentes, luchando por un futuro.

Fotografía de  Daylin Paul en la tapa del Dossier 16 | Soberanía de los recursos: el programa para la salida de África del Estado del saqueo

Desde el Instituto Tricontinental de Investigación Social sale nuestro Dossier 16, Soberanía de los recursos: El programa para la salida de África del estado de saqueo. Este dossier aborda los temas del robo de recursos y de la soberanía sobre los recursos. Para entender estos temas acudimos a Gyekye Tanoh, director de la Unidad de Economía Política de la Red del Tercer Mundo (Third World Network, en inglés) (África), con sede en Accra (Ghana). La entrevista a Gyekye es enriquecedora y gratificante. Nos lleva en un viaje sobre el saqueo al continente, desde el robo de plusvalía de los trabajadores sin tierra hasta variadas formas profundamente corruptas de robo de recursos a través de flujos financieros ilícitos, la repatriación de las ganancias, la fijación de precios erróneos y la devaluación del valor de las materias primas extraídas del continente. Ofrece un dato sorprendente de un informe reciente del Banco de Ghana: de los 5.200 millones de dólares en oro exportados por compañías mineras extranjeras desde Ghana, el gobierno recibió solo 68,6 millones en pagos de regalías (royalty) y solo 18,7 millones en impuestos sobre la renta de las empresas. Eso es el 1,7% del valor del oro, cuyo precio se inflará tan pronto sale de las costas de Ghana. Además, el retorno a las comunidades que viven sobre el oro es apenas un 0,11%. Los que extraen el oro son los que menos reciben de él.

El escandaloso comportamiento minero del capitalismo camufla su saqueo tras el discurso de la “buena gobernabilidad”. El argumento es que no son las compañías mineras extranjeras (muchas de ellas canadienses, como se puede ver en nuestros Apuntes 1), sino la corrupta elite en África la que es responsable por la pobreza duradera. No hay duda de que la corrupción de cualquier tipo es un lastre para las vidas de los trabajadores sin tierra. Esta corrupción, explica Gyekye, es sintomática de la estructura de la economía mundial. Para muchos países del continente, los pagos del servicio de la deuda —a menudo por deudas odiosas—son mayores que la suma de dinero que se embolsan los funcionarios gubernamentales y las elites locales.

Recomendamos encarecidamente esta entrevista con Gyekye. Está llena de ideas que llevan a una reflexión seria y a profundizar el debate y la discusión.

 Residentes del pueblo de Lesetlheng, en la provincia noroccidental de Sudáfrica, celebrando ante el Tribunal Constitucional después de que este anulara la sentencia del Tribunal Supremo que prohibía desalojarlos de sus tierras agrícolas.
New Frame / Ihsaan Haffejee, 2018.
Tanto saqueo, tanta pobreza. Las armas que los pobres manejan hoy en día son sus papeletas de voto, sus zapatillas y sus organizaciones. Las papeletas les permiten —si tienen el derecho— ejercer su voto. Este derecho está siendo lentamente destrozado por el dinero, las noticias falsas y la supresión de votantes. Las zapatillas les permiten migrar a costas muy distantes, pero a medida que los muros se vuelven más peligrosos en Occidente, esos zapatos se hacen cada vez menos útiles. Finalmente, los trabajadores sin tierra tienen el arma de la organización, de formar plataformas políticas que amplifiquen sus intereses de clase. Pero estas son más débiles actualmente, luchando para cambiar la tendencia de la historia. Son las armas del dinero las que primero se vuelven contra ellos. Es lo que mató a Berta Cáceres en Honduras en 2016. Es lo que amenaza las vidas de lxs que se mantienen firmes contra el saqueo: personas como Francia Márquez, líder de la lucha contra la minería ilegal de oro en Colombia (quien sobrevivió un intento de asesinato el 4 de mayo). Francia Márquez ganó el Premio Medioambiental Goldman en 2018 por su trabajo contra el sector extractivo, el mismo premio dado a Berta Cáceres el 2015, un año antes de ser asesinada.

En 1899, la Corte Permanente de Arbitraje en La Haya se comprometió a poner fin a la guerra, a crear “una paz real y duradera”. Desde 1899, ha habido cientos de intentos de usar la negociación para terminar la guerra, con la formación de las Naciones Unidas para proporcionar un espacio institucional para las negociaciones en lugar de la guerra. Las guerras llegan ahora con una regularidad espantosa. Las naves de guerra de EE.UU. están en camino a las costas de Irán. EE.UU. amenaza a Venezuela con la guerra. Las guerras comerciales están en marcha entre EE.UU. y China, un asunto discutido por el economista Prabhat Patnaik en nuestro Dossier 7. Las elevadas aspiraciones de la Corte Permanente de Arbitraje y de las Naciones Unidas continúan, pero se ven disminuidas por la necesidad de los países poderosos y ricos de ejercer su dominio mediante boicots y bombardeos.

La escalada de presión sobre Irán —mediante sanciones y amenazas de guerra— debiera enfriar el corazón de cualquier persona sensata (mi columna documenta estas amenazas y el impacto de las sanciones en Irán). Una guerra contra Irán inflamará la región que se extiende entre el mar Mediterráneo y las montañas Hindu Kash. Debe ser evitada. Pero las guerras no son irracionales. Son usadas por los estados poderosos para ejercer dominio, para enviar un mensaje a lxs trabajadorxs sin tierra de que deben agachar sus cabezas e ir a las minas sin hacer mucho ruido.

El coronel Ewart Grogan, un oficial británico y líder colono en Kenya, dijo de los Kikuyu, “Hemos robado su tierra. Ahora debemos robar sus extremidades”. Lo que Grogan quería decir es que habiendo robado las tierras del pueblo Kikuyu, ahora debían convertirlos en trabajadores. Pero la palabra clave aquí es “robado”. Robar requiere fuerza. Es a través de la guerra que se hace el mundo, y es a través de la guerra que las relaciones desiguales de poder se mantienen.

Cordialmente,

Vijay.