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Dossier no. 17 Venezuela y las Guerras Híbridas en América Latina
Estimadxs amigos y amigas,

Saludos desde las oficinas del Instituto Tricontinental de Investigación Social.

Hubo un tiempo no muy lejano en el que “Venezuela” hacía referencia al epicentro de una nueva dinámica revolucionaria. Elección tras elección —todas validadas por autoridades internacionales— se demostró que las personas del país querían tomar control de sus recursos y construir un país para sí mismos y no para las grandes corporaciones. Hugo Chávez, con su enorme carisma, comprendió que no era suficiente construir el socialismo en un solo país; la región tenía que ser atraída a la nueva dinámica. A partir del legado de Simón Bolívar (1783-1830), Chávez inspiró a millones de personas a lo largo de Latinoamérica —la que es llamada Patria Grande o Nuestra América— a unirse a la Revolución Bolivariana. No podía haber ninguna solución a los inmensos problemas de América Latina si cada país en la región permanecía sujeto a y dependiente de Estados Unidos, Europa y Canadá. Si cada país continuaba aislado, todos los países permanecerían débiles. La unidad era la consigna central, por lo que el regionalismo hemisférico era esencial. Caracas fue la capital de Nuestra América, una frase que hizo famosa el poeta y radical cubano José Martí (1853-1895).

La Revolución Bolivariana, con su promesa de solidaridad regional y desarrollo social, amenazó a los dueños de las empresas multinacionales, aquellos que se consideraban a sí mismos como los herederos legítimos de la tierra. El millonario canadiense Peter Munk, quien era dueño de Barrick Gold, escribió sobre Chávez que era un “peligroso dictador”. Munk comparó a Chávez con Hitler y llamó a derrocarlo. Esto fue en 2007. Fue hace doce años. El plan para derrocar la Revolución Bolivariana no emerge de ninguna crisis particular dentro de Venezuela ni de ningún problema creado por el actual presidente Nicolás Maduro. El verdadero problema con Venezuela fue —y sigue siendo— la amenaza que representa un liderazgo que se opone con fuerza a la asfixia del país por parte de las corporaciones multinacionales; es el problema que supone un país que intenta abrir un nuevo camino para una población que ha estado hace mucho tiempo sumida en la pobreza a pesar de su riqueza en recursos. El significado de “Venezuela” tenía que cambiar. No podía seguir significando la promesa de la revolución. Solo podía significar un caos peligroso.

George W. Bush, Barack Obama, y Donald Trump —los tres presidentes estadounidenses en la Casa Blanca durante la época de la Revolución Bolivariana— han intentado a su propio modo derrocar a Chávez y luego a Maduro. Ninguno ha tenido éxito. La urgencia por sus acciones estaba presente en los años previos al golpe de 1973 en Santiago (Chile), cuando el embajador de EE.UU., Edward Korry, escribió mordazmente sobre la derecha chilena “que perseguía sus intereses ciega y codiciosamente, vagando en una miopía de estupidez arrogante”. Esto define a la actual derecha venezolana. Entonces, escribió Korry, porque la derecha es tan “estúpida”, “lamentablemente EE.UU. tendrá que moverse más rápido”, EE.UU. tendrá que hacer lo que la derecha no fue capaz de hacer en nombre de Estados Unidos.

Embajador Korry al Departamento de Estado de EE.UU., 5 de septiembre de 1970
EE.UU. tendrá que moverse mas rápido. Esa es la esencia de las operaciones estadounidenses en Venezuela durante el curso de los últimos veinte años. Siempre ha sido Estados Unidos quien ha dado a la débil derecha venezolana sus órdenes de marcha y sus agallas. Pero EE.UU. no ha estado solo en esta operación. Se le ha unido Canadá —como señalo en mi última columna—, cuyos intereses mineros, representados por empresas como Barrick Gold, están ansiosos por el botín del cambio de régimen. Los intentos por derrocar la Revolución Bolivariana a través de un golpe y de la deslegitimación han fallado. Había que concebir métodos nuevos y más sofisticados. Estos métodos pueden denominarse como guerra híbrida, “una combinación de medios no convencionales y convencionales que usan una serie de actores estatales y no estatales que abarcan todo el espectro de la vida social y política”.

Nuestras oficinas del Instituto Tricontinental de Investigación Social en Buenos Aires (Argentina) y São Paulo (Brasil), con la colaboración de intelectuales y militantes en Colombia, Haití y Venezuela, han producido un muy completo dossier sobre la guerra híbrida no solo contra Venezuela, sino también contra las brasas de la Revolución Bolivariana a lo largo de Latinoamérica o Nuestra América. Este dossier, el decimoséptimo, es uno de nuestros estudios más ricos sobre los mecanismos de poder en nuestro tiempo. Una guerra híbrida no se libra necesariamente en un campo de batalla, con ejércitos convencionales. Es una guerra ideológica, una guerra para moldear el modo en que la realidad es vista, una guerra de posiciones para definir qué está sucediendo que eventualmente conducirá a una guerra de maniobras para derrocar a un gobierno. Maduro ya no debe ser visto como legítimo, sino como un dictador. Cada problema debe ser obra suya, cada solución debe provenir de los aliados de Washington, toda la realidad debe ajustarse a la perspectiva desde la Casa Blanca y no desde el pueblo venezolano.

Por supuesto, estas guerra de posiciones y guerra de maniobras —ambos términos de Antonio Gramsci— no son tan fáciles de ganar. Todos los recursos financieros y tecnológicos parecen beneficiar al bando golpista. Pero les falta un importante recurso, la fraternidad del pueblo. Durante los últimos veinte años, la Revolución Bolivariana ha cavado trincheras profundas en las comunidades de los pobres, no solo en Venezuela sino en todo el hemisferio. Las imágenes de Chávez que son pintadas y repintadas en los barrios no son para burlarse. Significan mucho para la gente común. Esta Revolución creó nuevas esperanzas para millones de personas, y ellos lucharán con dientes y uñas para defender no esta o aquella reforma sino el gran horizonte de libertad que se ha abierto frente a ellos.

Lorenzo González Morales, Exhumación, 2004/2016
No es por nada que Latinoamérica ha producido tantos cientos de grandes poetas, la mayoría de ellos de izquierda y muchos militantes de diversos movimientos. Son necesarios para expandir nuestra imaginación, para darnos coraje en nuestra lucha y para iluminar el futuro. Entre ellos está Otto René Castillo (1934-1967), una de las grandes voces de Guatemala. Castillo llevó sus cuadernos a la selva guatemalteca, donde tomó las armas y se unió a las Fuerzas Armadas Rebeldes. Su fe en la capacidad del pueblo de superar las guerras contrarrevolucionarias de su tiempo se volcó en su poesía.

Lo más hermoso
para los que han combatido
su vida entera,
es llegar al final y decir:
creíamos en el hombre y la vida
y la vida y el hombre
jamás nos defraudaron.

Castillo —junto con su compañera Nora Paíz Cárcamo (1944-1967)— fue capturado en marzo de 1967, llevado al cuartel de Zacapa, torturado y luego quemado vivo. Junto con ellos, el ejército mató a trece campesinos, los vistió con uniformes rebeldes y los dejó muertos, fingiendo que habían muerto en combate (una táctica familiar en la actual Colombia, como discutimos en nuestro último dossier). No había sucedido tal cosa. Los quince habían sido masacrados en la base militar Las Palmas. Este es el modo del bando de los golpistas. Quieren robar el alma de las personas para reducirlas a zombis que deben agachar la cabeza y trabajar, contribuyendo con su preciado trabajo a la acumulación de capital en manos de los tiranos de la economía.

Malangatana Ngwenya, 1936-2011.
Otto René Castillo no es una figura aislada. Alrededor del mundo, el arte y la rebelión se han unido para imaginar mundos más allá de la época de la guerra híbrida. Esta semana celebramos a Malangatana Ngwenya (1936-2011), artista y militante del Frente de Liberación de Mozambique (FRELIMO). La madre de Malangatana era una curandera, tatuadora y afiladora de dientes. Una de sus pinturas tempranas más poderosas —inspirada en su madre— se llamaba La boca de la sociedad tiene dientes afilados, el único modo de destruir a un monstruo es sacarle los dientes.

Es tiempo de identificar a todos los monstruos. Es tiempo de sacarles los dientes.

Cordialmente, Vijay.