Estimados amigos y amigas

Saludos desde las oficinas del Instituto Tricontinental de Investigación Social

Desde marzo, lxs palestinxs en Gaza marchan hacia la valla perimetral israelí. No se desaniman. Casi 200 palestinos han sido asesinados en esta protesta mayormente pacífica. En junio, la Asamblea General de la ONU votó condenando el uso de «fuerza excesiva, desproporcionada e indiscriminada» contra lxs palestinxs. El embajador de Argelia en la ONU, Sabri Boukadoum, dijo que las acciones de Israel no han dejado de lado niñxs, mujeres, personas ancianas, enfermeras o trabajadorxs humanitarios. Dijo que Israel ha «perjudicado de forma premeditada a lxs palestinxs». El 22 de octubre, Mustafa Hassona de la Agencia Anadolu tomó la fotografía de arriba. Mustafá ha tomado algunas fotos fabulosas de la Gran Marcha de Retorno, la lucha extraordinariamente valiente del pueblo palestino para exponer la ocupación israelí y subrayar su propia resiliencia. Lxs palestinxs tienen una palabra para resiliencia – sumud (صمود‎). Los seres humanos, bajo cualquier circunstancia, son resilientes, firmes, desafiantes. La maldad define nuestros tiempos. Sin embargo, las personas son resilientes. Sumud. 

Se necesita resiliencia en Brasil, donde el pueblo va a votar por su presidente este domingo. La elección es rigurosa, Jair Bolsonaro, un fascista o Fernando Haddad, un hombre humano y decente. Bolsonaro no es el único. El es parte de un patrón que incluye Duterte en Filipinas, Orban en Hungría y Trump en Estados Unidos. Demagogos de derecha que, como escribí en Salon, se paran en el podio «con ácido en sus labios», apuntando sus «armas hacia migrantes y refugiadxs, lxs pobres de las ciudades y los afligidxs del campo. Para ellos la marginalidad social es el crimen». A estos neofascistas les importan poco los verdaderos problemas sociales; «están muy ocupados lubricando sus armas» (para más información sobre los neofascistas, lean el Documento de Trabajo No1 del Instituto Tricontinental de Investigación Social.

Nuestra oficina en Buenos Aires publicó una declaración sobre estas elecciones en Brasil. Ellos dicen que la victoria de Bolsonaro «constituye una gravísima amenaza a los derechos y conquistas democráticas y sociales en Brasil» y amenaza con el retroceso de los avances logrados por los movimientos populares. La violencia que ya han cometido sus seguidores «preludia el clima de xenofobia, racismo, homofobia y discriminación que presidirá la acción de un eventual gobierno de Bolsonaro». Su gobierno atacaría los derechos laborales, privatizaría, pondría fin a las restricciones legales para la explotación de los bienes comunes naturales, sería el vaciamiento y asfixia del sistema educativo público. Una victoria de Bolsonaro cambiaría el rumbo político no solo en Brasil, sino en toda América Latina. El equipo en nuestra oficina de Buenos Aires escribió: «sumamos nuestra voz al rechazo a una salida fascista y neoliberal en Brasil». La declaración termina diciendo que este es el momento de unirse, ¡No al fascismo!, ¡No al neoliberalismo! La diferencia en las encuestas ha disminuido, el Instituto Brasileño de Opinión Pública, IBOPE muestra que Haddad que en la primera vuelta solo tuvo 20% en São Paulo, ahora está liderando allí. ¿Será un signo de esperanza?

La dureza no es solo el estado de ánimo político de los neofascistas. Define el mundo cotidiano de lxs trabajadorxs en todo el planeta. El año pasado, un equipo de jóvenes periodistas de Malasia, R.AGE [furia, en inglés], publicó una historia potente sobre trabajadores que viven en un kongsi, la vivienda improvisada para trabajadores de la construcción. Muchos de los trabajadores son de Bangladesh. Cuando el equipo les preguntó sobre las viviendas para los trabajadores, uno de ellos dijo que las condiciones «son peores que en los basureros en los barrios marginales de Bangladesh». Sus hogares a menudo se incendian, lxs trabajadores son heridxs o mueren, sin que nadie más que sus familias y amigos se preocupen. Esta historia me recordó los muchos relatos sobre incendios de barracas en Sudáfrica, especialmente una historia de Nation Nyoka sobre el incendio de unas barracas en el asentamiento Good Hope [Buena Esperanza] cerca de Johannesburgo. Me recordó otra historia, de Matheus Hamutenya, sobre las casas de caña propensas al fuego donde viven los trabajadores de la uva en Namibia. Ester Marius dice que ella ahora su dinero para su familia, vive sin agua ni electricidad, pero «espera que las cosas mejorarán un día». En Gujarat (India), los trabajadores de telares eléctricos viven en chozas al lado de las fábricas (como relata Reetika Revathy Subramanian en esta poderosa historia). En las paredes de las habitaciones congestionadas, lxs trabajadorxs graban sus nombres en su lengua nativa, una forma de entrar en la historia antes de que los maten las máquinas o la tuberculosis.  

Tal panorama social, un mundo donde lxs trabajadores son explotados y la vida está desnuda, está lo más alejado posible de lo que uno ve en el mundo de la publicidad. Karl Marx, en el Capítulo 10 de El Capital (1867) describió esas condiciones:

En su ciega pasión incontenible, su hambre de lobo por el excedente de mano de obra, el capital rebasa no solo los límites morales, sino incluso los límites meramente físicos de la jornada laboral. Usurpa el tiempo para el crecimiento, el desarrollo y el mantenimiento saludable del cuerpo. Roba el tiempo requerido para el consumo de aire fresco y luz solar. Todo lo que le importa es simple y únicamente el máximo de fuerza de trabajo que puede hacer fluir en un día de trabajo. Alcanza ese fin acortando la vida útil del trabajador, como un granjero codicioso que arrebata mayor producción de la tierra reduciendo su fertilidad.

Esto podría haber sido escrito ayer.

A comienzos de este año, visité a mi amigo, el fotógrafo Shahidul Alam en Dhaka (Bangladesh). Me mostró su trabajo sobre lxs migrantes de Bangladesh en el sudeste asiático. El documenta como estxs trabajadorxs apenas conocen a sus hijxs. Shahidul está en la cárcel en Bangladesh. Fue arrestado por documentar las protestas de lxs jóvenes, muchxs de quienes son probablemente lxs hijxs de estxs trabajadorxs migrantes. Rachel Spence, ha escrito un conmovedor ensayo sobre su encarcelamiento continuo. Shahidul, en prisión, se preocupa por la falta de ropa de sus compañeros de celda. Muchos de ellos tienen familias al otro lado del océano enviando preciosas divisas a Bangladesh.

La fotografía de arriba, de un trabajador de la confección en Dhaka, que se prepara para ir a trabajar en su apartamento desnudo, fue tomada por Taslima Akhter, una de las estudiantes de Shahidul.

Miles de personas comunes y corrientes de América Central, como los muchos millones que marchan por el mundo, están en búsqueda de una vida mejor. Sus países han sido devastados por guerras civiles y por las intervenciones militares de los Estados Unidos, por el cambio climático y por políticas comerciales injustas (vean esta historia de Zoe PC en People’s Dispatch). Poco queda para ellos en casa. Llevan unas pocas cosas y caminan lo más lejos posible. Si miran a sus ojos, verán la humanidad; Si los miran desde lejos, verán, como dijo Donald Trump, un “ejército”. En la imagen de arriba, algunos de lxs que se encuentran en esta larga marcha hacia el norte duermen en Chiquimula (Guatemala), justo en medio del “corredor de la violencia”, dominado por carteles de la droga que incluyen a las fuerzas policiales locales. La ciudad de Chiquimula sufre de pobreza extrema y una tasa de homicidios que duplica el promedio de Guatemala. Los ataques al corazón son el principal asesino en Chiquimula. Los disparos les siguen de cerca. ¿Por qué un ser humano no buscaría una vida mejor?

En 2015, el Fondo Monetario Internacional mostró en un estudio que la desigualdad de ingresos y la desigualdad de género están “estrechamente vinculadas”. De hecho, los estudios muestran que cuando se trata de condiciones de trabajo, hambre y educación, el sistema social y económico pone a las mujeres en desventaja. Estas cifras son universales, no cambian según la cultura. Este sistema se mantiene vigente mediante el acoso sexual y la violación. La ley de acoso sexual de la India, de 1997, se aprobó a partir de un proceso legal por una violación colectiva realizada por una pandilla contra una mujer dalit, Bhanwari Devi, en 1992. El Tribunal Supremo utilizó ese caso para formular normas estrictas para los lugares de trabajo. El caso de Bhanwari Devi contra los cinco hombres que la violaron, sin embargo, todavía está en los tribunales. Ella aún no ha recibido justicia.

El movimiento #MeToo en la India se ha centrado en el acoso sexual y la violación en el lugar de trabajo. La imagen de arriba es de un libro de Shoromona Das, que aparecerá pronto en LeftWord Books. Hace poco hablé con Raya Sarkar, una de las líderes del movimiento #MeToo, quien me dijo:  «Creo que en el centro de cualquier movimiento de liberación deberían estar las más vulnerables, en este caso las mujeres que trabajan en el sector informal en la India que no tienen protección laboral alguna y que a menudo pertenecen a comunidades marginadas. Al movimiento le están faltando más voces de mujeres dalit y adivasi [de las castas más marginadas e indígenas, respectivamente] y espero que podamos cambiar eso.»  Srila Roy escribió un ensayo muy útil para poner en contexto la versión india de #MeToo. Los derechos en el lugar de trabajo reflejan otros derechos en la sociedad. En el estado de Kerala, actualmente hay una pelea por el acceso de las mujeres al templo de Sabarimala. El Primer Ministro Pinarayi Vijayan, del Partido Comunista de la India (Marxista), pronunció un discurso recientemente en el que dijo que “Nuestros líderes del renacimiento nos enseñaron que hay que romper con algunas costumbres”. En la India, dice Vijayan, hay una tradición de romper las reglas.

Este gobierno de izquierda ha roto otra regla en el estado. Ahora ha ordenado que lxs trabajadorxs en los lugares de trabajo, especialmente las mujeres en tiendas al por menor, tengan derecho a sentarse.

El 4 de noviembre, el gobierno de Estados Unidos impondrá duras sanciones contra Irán. Países como India, Japón y Sri Lanka, cada uno de ellos con afiliaciones políticas diversas, no podrán concluir sus compras de petróleo iraní. Estados Unidos no puede detener la compra de petróleo iraní. Solo puede bloquear el uso de los sistemas bancarios dominados por Estados Unidos para pagar por ese petróleo. Los rumores de un nuevo sistema bancario están en el horizonte (dediqué diez minutos a hablar de ello en Real News). De tales iniciativas podría surgir una alternativa a la agenda neofascista: un mundo multipolar. Es mejor que la guerra. La imagen arriba es de Ghobad Shiva, el artista iraní. Fue elaborada en 2007, alrededor del momento en que Estados Unidos endureció las sanciones contra el país de Shiva. 

Las lecciones del período fascista del siglo pasado no parecen haber sido digeridas. Mao Zedong citó una vez un proverbio chino: la experiencia es el peine que consigues cuando no tienes cabello.

Cordialmente,

Vijay

Abajo, nuestra imagen de la semana. Celebramos el nacimiento de Olufunmilayo Ransome-Kuti (1900-1978), una feminista y socialista anticolonial nigeriana. Ella organizó a miles de mujeres -fue a la cárcel por ello- a través del Sindicato de Mujeres Abeokuta [AWU por sus siglas en inglés] contra los impuestos coloniales y por los derechos de las mujeres. El AWU creció cruzando líneas étnicas y regionales para convertirse en el Sindicato de Mujeres de Nigeria y muchas de sus integrantes participaron activamente de la lucha por la independencia. Ransome-Kuti se convirtió en la primera mujer en ocupar un cargo ejecutivo en el Consejo Nacional de Nigeria y Camerún. En 1978, soldados la arrojaron por la ventana en la casa de su hijo, el músico y activista, Fela Kuti. Ella murió después a consecuencia de estas heridas. 

 

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