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BOLETÍN 42: No tenemos otra opción que vivir como seres humanos

Estimados amigos y amigas

Saludos desde las oficinas del Instituto Tricontinental de Investigación Social.

Les escribo desde Seúl (Corea del Sur), una de las hiper-ciudades del planeta. La mitad de los 50 millones de habitantes de Corea del Sur viven en el área metropolitana de Seúl. No muy lejos del centro de la ciudad se encuentra la zona desmilitarizada que divide a Corea en dos. Los líderes políticos del Norte y del Sur continúan su valerosa jornada para reducir las tensiones en la zona y encontrar formas de unir a sus pueblos. Las personas sensibles de esta península quieren salir del estado de guerra permanente. Pero incluso estas reuniones de escala pequeña se ven frenadas por obligaciones de tierras lejanas. En lo que concierne al liderazgo político y militar de Washington, Japón y Corea del Sur deben seguir siendo Estados clientes de Occidente, portaviones para cercar a China de modo que regrese a la escena mundial (para más información sobre esto, lean el primer dossier del Instituto Tricontinental de Investigación Social de este año y mi reportaje más reciente aquí).

El cristal y el acero de Seúl, como los de otras ciudades de nuestro planeta, no pueden ocultar la pobreza que se esconde en los barrios periféricos y en los hogares de las personas mayores. A comienzos de este año, en Lancet, un notable estudio predijo que las mujeres nacidas en Corea del Sur en 2030 serán las primeras en vivir nueve décadas. Esto se suma a los datos de la OCDE que muestran que la mitad de la población surcoreana mayor de 65 años vive en la pobreza. Es una estadística condenatoria para un país rico. Hubo un tiempo en que Corea del Sur parecía invencible, uno de los tigres asiáticos. Recibió un golpe en 1997 con la crisis financiera asiática y de nuevo en 2007-08 con la crisis financiera mundial. Su economía vaciló, su población se deslizó hacia la pobreza y su sentido de valor disminuyó.

La red de bienestar social se debilitó en las últimas décadas, a medida que la población comenzaba a envejecer. Se prevé que para 2030, Corea del Sur será uno de los «países súper envejecidos» (con unx de cada cinco habitantes mayor de 65 años). Alemania, Italia y Japón ya están «súper envejecidos». El actual presidente de Corea del Sur, Moon Jae-in, llegó al poder con un programa para hacer frente a la crisis de bienestar en el país. Su documento de 100 políticas públicas (Agosto 2017), se compromete a «garantizar la vida saludable y decente de las personas mayores en preparación para una sociedad envejecida» Aun está por verse como hará esto. Muchas personas mayores en Corea del Sur dan a sus hijxs parte de su pensión, si las pensiones aumentan, ese valor saldrá de los impuestos pagados por esos mismos hijxs. Sin un esquema enérgico para gravar a las corporaciones monopolistas, prevenir la corrupción y hacer pagar impuestos a los billonarios, no habrá recursos para ese proyecto benevolente.

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Corea del Sur tiene un problema limitado con la falta de vivienda. Sudáfrica, por otro lado, tiene un problema endémico. Está arraigado en la forma en que la tierra se convirtió en monopolio de la población blanca durante la era del apartheid y la forma en que la democracia luego de 1994 no llegó al mercado de tierra. La falta de acceso a la vivienda lleva a la creación de asentamientos informales, no solo en Sudáfrica, sino en todo el mundo. Según el 2016 World Cities Report de ONU-Hábitat, una de cada ocho personas en el mundo vive actualmente en en asentamientos informales. Una de las consecuencias de la informalidad es la falta de servicios y, por lo tanto, malas condiciones de vida. Aquellos que viven en esos asentamientos informales son lxs trabajadorxs de la ciudad, a quienes la mercantilización de los bienes raíces no les permite pagar el precio de habitar en lugares más formales.

La Relatora Especial de Naciones Unidas sobre Vivienda Adecuada, Leilani Farha, dice que el mercado mundial de la vivienda tiene un valor estimado actual de 163 billones de dólares, un precio que duplica el total de la economía mundial y es muy superior a los 7 billones de dólares en oro extraído de la tierra desde que se tienen registros. (Por favor lean el informe completo de septiembre de 2018 al Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas aquí). El capital privado hace mucho que considera al mercado de la vivienda como una inversión viable, lo que hace subir los precios. El capital considera a la tierra y a la vivienda inversiones, no derechos humanos. Este es el meollo del problema.

Es por esto por lo que organizaciones como Abahlali baseMjondolo (AbM), el movimiento de habitantes de barracas de Sudáfrica surgió en 2005 y es por esto por lo que luchan -con uñas y dientes- para proteger los derechos y la dignidad de lxs trabajadores que viven en los asentamientos informales. El título de este boletín –no tenemos otra opción que vivir como seres humanos– proviene de una entrevista que el Instituto Tricontinental de Investigación Socialhizo hace unas semanas a S’bu Zikode, el presidente de AbM. La entrevista es el núcleo de nuestro Dossier 11La política casera de Abahlali baseMjondolo, el movimiento de habitantes de barracas de Sudáfrica. Es nuestro dossier más sólido, una lectura esencial.

El dossier será útil no solo en otras partes del Sur Global, donde los asentamientos informales forman nuestras ciudades no deseadas, sino también en el Norte Global, donde el número de personas sin hogar está aumentando rápidamente. Un nuevo informe de la organización de beneficencia Shelter del Reino Unido dice que 130.000 niñxs estarán sin hogar este invierno. Un problema similar golpea a los Estados Unidos, donde Poor Peoples’ Campaign (Campaña de los Pobres)) trata de hacer frente a las raíces de la falta de vivienda y del hambre (por ejemplo, miren el trabajo de Arise for Social Justice).

Presten atención al Artículo 25 de la Declaración Internacional de Derechos Humanos: 1. Toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su familia, la salud y el bienestar, y en especial la alimentación, el vestido, la vivienda, la asistencia médica y los servicios sociales necesarios; tiene asimismo derecho a los seguros en caso de desempleo, enfermedad, invalidez, viudez, vejez u otros casos de pérdida de sus medios de subsistencia por circunstancias independientes de su voluntad. Cada año, el 10 de diciembre se reserva para honrar esta Declaración como el Día de los Derechos Humanos. Típicamente es un día abrumador: tantos problemas, tan pocas soluciones. Y sin embargo, mientras escribo micolumna de esta semana, hay destellos de inspiración desde Marrakech (Marruecos) hasta Rajastán (India).

En Marrakech (Marruecos), los representantes de los Estados del mundo se reunieron para aprobar un Pacto Mundial para la Migración, una promesa de que los seres humanos ofrecerán políticas sensibles a las personas desesperadas. David Azia tomó esta fotografía para ACNUR en Cox’s Bazar en el asentamiento de refugiados Kutupalong hace unos pocos meses.

En Oslo (Noruega), Nadia Mural y Denis Mukwege compartieron el Premio Nobel de la Paz. Ambos, Nadia y Denis, son activistas para poner fin a la utilización de la violación como arma de guerra. Son personas valientes con un mensaje importante. El discurso de Denis me dejó con la boca abierta: «Cerrar los ojos ante la tragedia es ser cómplices. No solo los perpetradores de la violencia son responsables por sus crímenes. También lo son los que deciden mirar hacia otro lado». Una multitud de noruegxs se reunió frente a su hotel sosteniendo velas como centinelas.

En India, las elecciones estatales supusieron la derrota del partido de extrema derecha BJP del Primer Ministro Narendra Modi. Las elecciones fueron ganadas, como incluso el BJP reconoce, por la organización de masas y las luchas de agricultorxs y campesinxs así como de lxs trabajadorxs de pequeñas fábricas y de centros de cuidado diario infantil (anganwadis). Fueron sus elecciones. Sin embargo, dado que la izquierda es débil en los principales estados donde se celebraron elecciones, el voto popular fue para el Partido Congreso Nacional de la India, menos colérico en su política, pero no menos insensible en su gestión de la vida cotidiana. Sin embargo, en Rajasthan, donde el movimiento campesino ha sido fuerte, dos líderes campesinos, ambos comunistas, ganaron escaños en la legislatura.

Finalmente, dos informes de dos periodistas muy valientes y sagaces nos permiten vislumbrar cómo la gente común se vuelve extraordinaria en circunstancias difíciles.

Vivian Fernandes (Brasil) escribe sobre su visita a las selvas colombianas para reunirse con guerrilleros del Ejército de Liberación Nacional (ELN) «Donde operan las compañías transnacionales», le dice Lucía -una integrante del ELN- «es donde está el Estado». El Estado es el bulldozer y guardia de seguridad de las empresas monopolísticas. No se enfoca en facilitar vivienda, educación, salud y cultura para el pueblo.

Niren Tolsi (Sudáfrica) escribe sobre su visita a Sri Lanka, donde la insurgencia ha sido asesinada y la esperanza habita solo en los márgenes. Las expectativas son bajas aquí. La gente pregunta, ¿Dónde están enterrados tus hijos? «Algo es mejor que nada», dice un trabajador de derechos humanos.

Hoy es un día brillante y frío. Estoy leyendo a uno de los grandes poetas coreanos, Shin Kyong-nim. Me recuerda cuan importante es escribir, hablar y agitar por un mundo mejor. Incluso en los peores días de la dictadura militar en Corea del Sur, escribió con sentimiento sobre la necesidad de organización y de cambio. En 1973, Shin Kyong-nim publicó un libro llamado Nong-mu (Danza de los campesinos). En él estaba este poema, The Way to Go [El camino a seguir, en traducción libre], traducido por Brother Anthony (An Sonjae):

Nos reunimos, llevando picos y palas oxidados.

En la brillante arboleda iluminada por la luna tras el almacén de paja,

primero nos arrepentimos y juramos de nuevo,

hombro con hombro; por lo menos sabíamos el camino a seguir.

Tiramos nuestras picos y palas oxidados.

A lo largo del camino de grava que conduce a la ciudad

nos reunimos apenas con los puños vacíos y el aliento ardiente.

Nos reunimos sin nada más que gritos y cantos.

Nuestra imagen de la semana (a continuación) es la de Marielle Franco (1979-2018), que fue asesinada hace nueve meses esta semana. Marielle, como se la conoce, era una mujer negra, socialista, militante LGBTQ y madre. Nació y creció en el complejo de la Maré, la favela más grande de Rio de Janeiro. Después de que un amigo fue trágicamente asesinado a tiros en un fuego cruzado entre la policía y los narcotraficantes, Marielle entró en la política. Quería acabar con este tipo de violencia. Elegida concejala de Rio, fue presidenta de la Comisión de las Mujeres. Su voz, su fuerte y orgullosa voz, contra la violencia en su hogar y en hogares parecidos al suyo, como los hogares de los integrantes de AbM en Sudáfrica fue silenciada. Honramos su valentía y su fuerza y preguntamos de nuevo, ¿quién mató a Marielle? ¿Se hará que los asesinos de Marielle, Gauri Lakesh (India), Suad al-Ali (Irak) y Hrant Dink (Turquía) y tantos otros renuncien a sus cargos de autoridad?

Cordialmente,

Vijay

P.D. Para consultar nuestros boletines anteriores, así como documentos de trabajo, dossiers, cuadernos y otros materiales, por favor visiten nuestro sitio web. Este boletín está disponible además en inglés, portugués, francés y ocasionalmente en turco.