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Santu Mofokeng, Eyes Wide Shut, Motouleng Cave, Clarens – Free State, 2004.

Santu Mofokeng, Eyes Wide Shut (Ojos bien cerrados), Motouleng Cave, Clarens – Free State, 2004.

 

Estimados amigos y amigas,

Saludos desde las oficinas del Instituto Tricontinental de Investigación Social.

El lunes 27 de enero, el fotógrafo sudafricano Santu Mofokeng se marchó. Su cámara había sido una presencia familiar en la lucha contra el apartheid. Tras años de fotografiar la violencia policial y la resistencia popular, se cansó de hacer “imágenes que hablan de oscuridad, monotonía, angustia, lucha, [y] opresión”, escribió en 1993. Fue ahí que Santu dirigió su cámara hacia la vida de la clase trabajadora negra. “Quizás estaba buscando algo que se niega a ser fotografiado”, dijo. “Solo estaba persiguiendo sombras, tal vez”. Quienes buscan el futuro persiguen sombras.

Cuando el futuro es lúgubre, dan ganas de cerrar los ojos.

A mediados de enero, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD) publicó su clásico informe, Situación económica mundial y perspectivas para 2020. El tema principal del informe es que este año las tasas de crecimiento mundial no serán altas, y que los estados más poderosos tendrán que recurrir una vez más a bajar las tasas de interés para dar liquidez a los mercados. Existe una visión fundamentalista entre lxs economistas y banquerxs tradicionales de que la entrada de capital a los mercados conducirá a la inversión, lo que a su vez aumentará las tasas de crecimiento. Como muestra la UNCTAD, esto es una ilusión, ya que la liquidez puede irse a los mercados financieros y no hacia inversiones en el sector de manufactura o servicios, o hacia financiar necesidades humanas. “Las sobrecargadas políticas monetarias”, señala el informe, “han probado ser insuficientes para estimular la inversión, que en muchos países está siendo frenada menos por los costos de financiamiento que por la incertidumbre y la falta de confianza empresarial”.

Una enorme cantidad de la deuda mundial ha sido “conducida hacia activos financieros en vez de hacia aumentar la capacidad productiva, lo que muestra una desconexión preocupante entre el sector financiero y la actividad económica real”. Incluso cuando el capital se ha ido al sector de manufactura, no ha aumentado necesariamente el empleo, de hecho, el fenómeno del “crecimiento sin empleo” ha sido a menudo su resultado. El capital ha estado fluyendo hacia una deuda pública de rendimiento negativo, lo que muestra que los mercados de capital son pesimistas respecto al futuro crecimiento económico. Es una señal de problemas profundos en el actual sistema, como lo señalamos en nuestro dossier nº 24, El mundo oscila entre crisis y protestas (enero de 2020).

Dada la insuficiencia de las tasas de crecimiento, la solución de los Bancos Centrales ha sido reducir las tasas de interés. El Banco de la Reserva Federal de Estados Unidos —como banquero de última instancia— ha vuelto a bajar los aranceles. La tasa se sitúa entre 1,5% y 1,75%, lo que da a la Reserva Federal muy poco margen para bajar más las tasas si hay otra crisis financiera o incluso una desaceleración mayor. “La dependencia excesiva en la política monetaria”, escriben lxs economistas de la UNCTAD, “no solo es insuficiente para reactivar el crecimiento; sino que también implica costos significativos, incluyendo la exacerbación de los riesgos de la estabilidad financiera”. Las bajas tasas de interés permiten que los mercados financieros se endeuden en una situación en la que los riesgos están subvalorados; como resultado, se observa un comportamiento más imprudente en los mercados financieros, los activos están sobrevalorados y es probable que la deuda global se dispare.

 

 

Ali Imam, Farmers, 1950s.

Ali Imam, Farmers (Campesinxs).

Desde el auge de la ortodoxia neoliberal, se ha instado a los gobiernos a usar únicamente la política monetaria —como la manipulación de las tasas de interés— como medio para intervenir en la economía. La política fiscal —como el uso del presupuesto para recaudar fondos para el gasto público— ha sido vista como un modo de acción ineficiente de los gobiernos; en cambio, estos son impulsados a recortar impuestos y a reducir los gastos. Si el capital privado no está haciendo las inversiones necesarias en la sociedad, entonces los gobiernos necesitan recaudar fondos para usarlos en inversiones públicas importantes. En otras palabras, como lo pone la UNCTAD, esto significaría “alinear la política con la descarbonización de la energía, la agricultura y el transporte; realizar inversiones específicas de infraestructura para ampliar el acceso a energía limpia y renovable, a agua limpia y a redes de transporte; y apoyar la igualdad de oportunidades en el acceso a la educación de calidad, la atención de salud y el empleo formal”.

Nada de esto llamó la atención de lxs cansadxs responsables de la toma de decisiones que acudieron en masa al Foro Económico Mundial en Davos, Suiza. Hablaron sobre el cambio climático como si fuera un asunto nuevo, y como si pudiera considerarse de manera aislada a las oleadas de inestabilidad financiera y a los desiertos de inversión de capital que amenazan las vidas de miles de millones de personas. Cada año, para lxs participantes de Davos, Oxfam publica su maravilloso informe sobre desigualdad global. El informe de este año muestra que los 2.153 mayores multimillonarios del mundo tienen más riqueza que 4.600 millones de personas, esto es, el 60% de la población del planeta. Algunas cifras del informe son tan desconcertantes que deben leerse una y otra vez:

  • Los 22 hombres más ricos del mundo tienen más riqueza que todas las mujeres en África.
  • El 1% más rico del mundo tiene más del doble de riqueza que 6.900 millones de personas.
  • Si usted ahorrara 10.000 dólares diarios desde que se construyeron las pirámides en el antiguo Egipto, hoy tendría solo un quinto de la riqueza promedio de los 5 multimillonarios más ricos.
  • Las mujeres y niñas ocupan 12.500 horas a trabajos de cuidado no remunerados cada día, contribuyendo al menos con 10,8 billones de dólares al año a la economía mundial, más de tres veces el tamaño de la industria tecnológica mundial.

 

 

Inji Efflatoun, Prisoners, 1957.

Inji Efflatoun, Prisoners (Prisionerxs), 1957.

Dadas estas disparidades, no sorprende que las conversaciones en Davos hayan sido áridas, incluso sobrenaturales. Dos economistas escriben desde Davos sobre las señalas positivas en la economía, refugiándose en el cese de hostilidades comerciales entre Estados Unidos y China y enfatizando un aumento en el gasto de lxs consumidorxs. No dicen nada sobre la desigualdad o el hecho de que el gasto de lxs consumidorxs sea en base a créditos baratos y enormes deudas. Los economistas terminan la nota con una afirmación peculiar: “Las preocupaciones más locales, como los disturbios en Latinoamérica y el vacilante crecimiento de India, también son preocupantes”.

 

 Silvano Lora, Vietnam, 1971.

Silvano Lora, Vietnam, 1971.

¿Disturbios en Latinoamérica? Más bien, el núcleo del descontento que se observa en Latinoamérica apunta a una serie de operaciones de cambio de régimen (el derrocamiento del gobierno en Bolivia y el intento —fallado— de derrocar el de Venezuela) y a la represión estatal contra lxs manifestantes (en Chile y Ecuador). La violencia que se ve en Latinoamérica ha sido impuesta en el hemisferio por el imperialismo y la oligarquía local. Llamarlos “disturbios” hace que parezcan anárquicos, cuando en realidad son la consecuencia objetiva de la política estatal dictada desde Washington y desde las comunidades cerradas de las oligarquías latinoamericanas que buscan desestabilizar la región y mantener el control en manos de lxs ricxs.

Hace un año, Estados Unidos y sus aliados del Grupo de Lima intentaron hacer un golpe de Estado contra el gobierno de Venezuela. La guerra híbrida contra el pueblo venezolano se desarrolló en torno a un régimen de sanciones que ha forzado a la economía del país a contraerse profundamente, y que ha matado al menos a 40.000 personas. Esta guerra contra Venezuela ha creado una inestabilidad extrema en América Latina, especialmente en la vecina Colombia.

En una declaración breve, el Alto Comisionado de Derechos Humanos de la ONU señaló el “asombroso número” de asesinatos de líderes de movimientos sociales y políticos. De acuerdo a la ONU, los asesinos son “grupos criminales y grupos armados vinculados a las economías ilegales en áreas abandonadas por las FARC-EP”. En otras palabras, grupos paramilitares de derecha y sus bandas de narcotraficantes asociadas han aprovechado el tratado de paz firmado por la izquierda para aterrorizar a las zonas rurales. En el dossier sobre Colombia (diciembre de 2019) del Instituto Tricontinental de Investigación Social, se señala que la oligarquía colombiana no quiere avanzar hacia la paz porque este giro significaría un giro en la política colombiana hacia los movimientos populares y la izquierda. La continuación de la guerra, ahora a través de asesinatos e intimidación, favorece a la oligarquía. Prefieren esta violencia a la política democrática. El 21 de enero, el pueblo colombiano volvió a salir a las calles en otra huelga general, con una lista de demandas que iba desde el término de las políticas económicas neoliberales hasta la clausura de las unidades policiales represivas que operan como escuadrones de la muerte.

 

João Pedro Stédile del Consejo Nacional del Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra de Brasil (MST) ofrece una evaluación de veinte puntos sobre el fallido golpe en Venezuela, que tiene en su núcleo la desorientación dentro de la oposición de derecha al proceso bolivariano iniciado por Hugo Chávez en los 90. El candidato preferido de Washington para el cambio de régimen, Juan Guaidó, ha perdido el apoyo de la profundamente fragmentada oposición venezolana tras un año de intentos de derrocar al gobierno. Guaidó, expresidente de la Asamblea Nacional, fue reemplazado por Luis Parra en una votación el 5 de enero. Parra, aunque sigue siendo un miembro de la oposición, ha sido considerado un sustituto inaceptable por parte de Estados Unidos, que rápidamente lo sancionó y alentó a Guaidó a continuar su rebelión personal. Este es el “disturbio” instigado por la oligarquía que está creando caos en partes de América Latina: el disturbio de lxs ricxs para causar estragos en la vida de lxs pobres y la clase trabajadora.

 

En 1964,  cuando Colombia comenzó una de sus aparentemente interminables guerras, el iconoclasta poeta Jotamario Arbeláez escribió un poema conmovedor sobre el tiempo “después de la guerra”:

 

Un día
después de la guerra
si hay guerra
si después de la guerra hay un día
te tomaré en mis brazos
un día después de la guerra
si hay guerra
si después de la guerra hay un día
si después de la guerra tengo brazos
te haré con amor el amor
un día después de la guerra
si hay guerra
si después de la guerra hay un día
si después de la guerra hay amor
y si hay con qué hacer el amor.

 

Actualmente hay una  guerra híbrida y una crisis económica que crea las condiciones para el caos.

Hay una guerra económica contra el planeta, una que no tiene ningún movimiento contra la guerra.

Esta guerra económica deforma las aspiraciones humanas, vacía los sueños y quiebra las esperanzas. Si ese 1% más rico —que tiene más del doble de la riqueza que 6.900 millones de personas— solo pagara 0,5% más en impuestos, se recaudaría suficiente para invertir en la creación de 117 millones de empleos en las áreas de educación y salud, en cuidado de menores y adultxs mayores. En 2016, la UNESCO señaló que si el mundo fuera a alcanzar el Objetivo de Desarrollo Sustentable en educación, los países del mundo tendrían que conseguir al menos 68,8 millones de docentes en la próxima década y media (24,4 millones de docentes para primaria y 44,4 millones para secundaria).

¿Cuán lejos estamos del día después de la guerra?

Cordialmente, Vijay.